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09 agosto 2008

Holgazaneando, pero menos...

Sí, estoy holgazana, que le vamos a hacer :)
A pesar de ello, estoy poniendo al día la web de Poetas; primero porque le hacía mucha falta una renovación y segundo porque para hacerlo tengo que leer y practicar un poco con los programas de imágenes antes de que se me olvide como funcionan.
Para no merecer la medalla a la Más Perezosa del Verano, os traigo las dos páginas que he montado estos días. Una es el poema del post anterior y la otra forma parte de un terrible poemario de Oscar Wilde, mucho más largo que el fragmento que os dejo, escrito mientras duró su encierro en la prisión de Reading, donde pasó dos años. No se puede decir de Wilde que fuera un modelo de virtudes, pero sin duda el motivo de su encierro no fue tanto su conducta como la pacata e hipócrita moral victoriana.
Os dejo también un enlace sobre este irlandés excesivo y genial.
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Y vuelvo, vuelvo.
:)

21 febrero 2007

John Banville

El Mar
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Fragmento de la página 49. En Ediciones Anagrama. Col. Panorama de Narrativas.
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Aquí, cuando yo era niño, bajaba cada mañana, descalzo y con un bote mellado en la mano, a comprarle a Duignan el lechero o a su esposa, estoicamente alegre y de grandes caderas, la leche del día. Aun cuando el sol llevara ya alto muchas horas, el húmedo frío de la noche todavía rondaba el patio adoquinado, donde las gallinas se paseaban con pasos afectados entre sus propios excrementos color tiza y verde oliva. Siempre había un perro atado y tendido bajo una carreta inclinada que no me perdía de vista cuando yo pasaba, tambaleándome de puntillas para mantener los talones fuera de la mierda de gallina, y un triste caballo de tiro de color blanco que aparecía y asomaba la cabeza por encima de la media puerta del establo y me observaba de soslayo con mirada divertida y escéptica desde debajo de un copete que era exactamente del mismo matiz ahumado de color nata que la flor de la madreselva. No me gustaba llamar a la puerta de la granja, pues me daba miedo la madre de Duignan, una anciana bajita y recia que parecía tener una pierna amputada en cada esquina y que jadeaba al respirar y acomodaba el pólipo pálido y húmedo de su lengua sobre el labio inferior, por lo que me quedaba a la sombra violeta del establo esperando que aparecieran Duignan o su mujer y me salvaran de un encuentro con la vieja bruja.

24 enero 2007

Oscar Wilde

El Maestro
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Cuento completo
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Y cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra, José de Arimatea, después de haber encendido una antorcha de madera resinosa, descendió desde la colina al valle.
Porque tenía que hacer en su casa. Y arrodillándose sobre los pedernales del Valle de la Desolación, vio a un joven desnudo que lloraba.
Sus cabellos eran color de miel y su cuerpo como una flor blanca; pero las espinas habían desgarrado su cuerpo, y a guisa de corona, llevaba ceniza sobre sus cabellos.
Y José, que tenía grandes riquezas, dijo al joven desnudo que lloraba.
-Comprendo que sea grande tu dolor porque verdaderamente Él era justo. Mas el joven le respondió:
-No lloro por él sino por mí mismo. Yo también he convertido el agua en vino y he curado al leproso y he devuelto la vista al ciego. Me he paseado sobre la superficie de las aguas y he arrojado a los demonios que habitan en los sepulcros. He dado de comer a los hambrientos en el desierto, allí donde no hay ningún alimento y he hecho levantarse a los muertos de sus lechos angostos, y por mandato mío y delante de una gran multitud, una higuera seca ha florecido de nuevo. Todo cuanto él hizo, lo he hecho yo.
-¿ Y por qué lloras entonces?
-Porque a mí no me han crucificado.

01 diciembre 2006

James Joyce

Las hermanas
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Cuento incluído en "Dublineses"
(fragmento)
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No había esperanza esta vez. Era la tercera embolia. Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las oscuras persianas, ya que sabía que se deben colocar dos cirios a la cabecera del muerto. A menudo él me decía: "No me queda mucho en este mundo", y yo pensaba que hablaba por hablar. Ahora supe que decía la verdad. Cada noche, al levantar la vista y contemplar la ventana, me repetía a mí mismo en voz baja la palabra "parálisis". Siempre me sonaba extraña en los óídos, como la palabra gnomón en Euclides y la "simonía" del catecismo. Pero ahora me sonó a cosa mala y llena de pecado. Me dio miedo, y sin embargo, ansiaba observar de cerca su trabajo maligno.
El viejo Cotter estaba sentado junto al fuego, fumando, cuando bajé a cenar. Mientras mi tía me servía mi potaje, dijo él, como volviendo a una frase dicha antes:
-No, yo no diría que era exactamente..., pero había en él algo raro..., misterioso. Le voy a dar mi opinión.
Empezó a tirar de su pipa, sin duda ordenando sus opiniones en la cabeza. ¡Viejo estúpido y molesto! Cuando lo conocimos era más interesante, que hablaba de desmayos y gusanos; pero pronto me cansé de sus interminables cuentos sobre la destilería.