27 mayo 2007

Anthony Burgess

La naranja mecánica
78
Capítulo I (fragmento)
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-¿Y ahora qué pasa, eh?
Estábamos yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente es lerdo, sentados en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche, en un invierno oscuro, helado y bastardo aunque seco. El bar lácteo Korova, un mesto donde servían leche-plus, y quizá ustedes, oh hermanos míos, han olvidado cómo eran esos mestos, pues las cosas cambian tan scorro en estos días, y todos olvidan tan rápido, aparte de que tampoco se leen mucho los diarios. Bueno, allí vendían leche con algo más. No tenían permiso para vender alcohol, pero en ese tiempo no había ninguna ley que prohibiese las nuevas vesches que acostumbraban a meter en el viejo moloco, de modo que se podía pitearlo con velocet o synthemesco o drencrom o una o dos vesches más que te daban unos buenos, tranquilos y joroschós quince minutos admirando a Bogo y el Coro Celestial de Ángeles y Santos en el zapato izquierdo, mientras las luces te estallaban en el mosco. O podías pitear leche con cuchillos como decíamos, que te avivaba y preparaba para una piojosa una-menos-veinte, y eso era lo que estábamos piteando la noche que empieza mi historia.
Teníamos los bolsillos llenos de dengo, de modo que no había verdadera necesidad de crastar un poco más, de tolcochar a algún anciano chevoleco en un callejón, y videarlo nadando en sangre mientras contábamos el botín y lo dividíamos por cuatro, ni de hacernos los ultraviolentos con alguna ptitsa tembleque, starria y canosa en una tienda, y salir smecando con las tripas de la caja.
Pero como se dice, el dinero no es todo en la vida.
Los cuatro estábamos vestidos a la última moda, que en esos tiempos era un par de pantalones de malla negra muy ajustada, y el viejo molde de la jalea, como le decíamos entonces, bien apretado a la entrepierna, bajo la nalga, cosa de protegerlo, y además con una especie de dibujo que se le podía videar bastante bien si le daba cierta luz; el mío era una araña, Pete tenía una ruca (es decir, una mano), Georgie una flor muy vistosa y viejo Lerdo una cosa bastante fiera con un litso (quiero decir, una cara) de payaso, porque el Lerdo no tenía mucha idea de las cosas y era sin la más mínima duda el más obtuso de los cuatro. Además llevábamos chaquetas cortas y muy ajustadas a la cintura, sin solapas,con esos hombros muy abultados (les decíamos plechos) que eran una especie de parodia de los verdaderos hombros anchos. Además, hermanos míos, usábamos esas corbatas de un blanco sucio que parecían de puré o cartófilos aplastados, como si les hubieran hecho una especie de dibujo con el tenedor. Llevábamos el pelo no demasiado largo, y calzábamos botas joroschós para patear.
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Comentario personal. No entendí nada de ésta novela cuando la leí por primera vez. Y la culpa no la tenía el argot; eso lo entendí. Lo que no me entraba en la cabeza era la violencia que rezumaba. O mejor explicado; la sinrazón de esa violencia que no tiene final y que ejercen todos contra todos. La película, me deslumbró y, aún medio cegada por el fogonazo de S. Kubrick, volví a leerla. Esta vez todo estaba meridianamente claro.
Enlace. Una mínima explicación de esta obra, si no la conocéis, me llevaría toda una tarde y no llegaría a explicarla como lo hace este enlace de Wikipedia:
Ahí está todo; desde los motivos de Burgess para escribirla, hasta el lenguaje nadsat, que hablan los protagonistas de la novela, también inventado por Burgess y su traducción al español. Aunque ésto último, no me parece necesario.

24 mayo 2007

Julio Cortázar

Vestir una sombra
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Cuento completo
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Lo más difícil es cercarla, conocer su límite allí donde se enlaza con la penumbra al borde de sí misma. Escogerla entre tantas otras, apartarla de la luz que toda sombra respira sigilosa, peligrosamente. Empezar entonces a vestirla como distraído, sin moverse demasiado, sin asustarla o disolverla: operación inicial donde la nada se agazapa en cada gesto. La ropa interior, el transparente corpiño, las medias que dibujan un ascenso sedoso hacia los muslos. Todo lo consentirá en su momentánea ignorancia, como si todavía creyera estar jugando con otra sombra, pero bruscamente se inquietará cuando la falda ciña su cintura y sienta los dedos que abotonan la blusa entre los senos, rozando la garganta que se alza hasta perderse en un oscuro surtidor.
Rechazará el gesto de coronarla con la peluca de flotante pelo rubio (¡ese halo tembloroso rodeando un rostro inexistente!) y habrá que apresurarse a dibujar la boca con la brasa del cigarrillo, deslizar sortijas y pulseras para darle a esas manos con que resistirá inciertamente mientras los labios apenas nacidos murmuran el plañido inmemorial de quien despierta al mundo.
Faltarán los ojos que han de brotar de las lágrimas, la sombra por sí misma completándose para mejor luchar, para negarse. Inútilmente conmovedora cuando el mismo impulso que la vistió, la misma sed de verla asomar perfecta del confuso espacio, la envuelva en su juncal de caricias, comience a desnudarla, a descubrir por primera vez su forma que vanamente busca cobijarse tras manos y súplicas, cediendo lentamente a la caída entre un brillar de anillos que rasgan en el aire sus luciérnagas húmedas.
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Comentario personal. Este brevísimo relato de Cortázar, creo que poco conocido, se encuentra incluído en su libro "El último round" En éste volumen es también donde se recogen los poemas que escribió tomando como referencia las frases escritas por los estudiantes en París en mayo del 68 (el mayo francés)
Es un libro de "recortes" se podría decir, donde hay algunos cuentos al estilo de sus famosas "Instrucciones para..." que son delirantes y deliciosos a un tiempo. Cómo casi siempre resulta ser Cortázar.

21 mayo 2007

Alvaro Mutis

CIUDAD

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Un llanto,
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídas de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.

*

Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.


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Comentario personal. Este poema de Mutis es mi favorito de entre los suyos. No sé si es el mejor, ni me importa. De repente, "eres" esa mujer que llora con un dolor profundo. Con un dolor acumulado a lo largo de toda una vida en que tuvo que tragarse las lágrimas. Y ahora, en esta noche, en éste momento, por fin, puede dejar caer el torrente de su llanto, porque está sola y tiene tiempo para abandonarse. Nadie vendrá a preguntarle; nadie la necesita en este momento. Y ella llora y descansa.

El Autor. Colombiano, nacido en 1923, de vida azarosa pero con una dedicación continuada a la literatura, ha publicado una extensa obra y ha sido traducido a multitud de idiomas. La relación de los premios que ha merecido es larga, así que solo recordaré aquí el Premio Cervantes, que le fue otorgado en 2002.

13 mayo 2007

Umberto Eco

La misteriosa llama de la Reina Loana
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El més más cruel
(frag. Capítulo I)
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-¿Y usted cómo se llama?
-Espere, lo tengo en la punta de la lengua.
Todo empezó así.
Era como si me hubiera despertado de un largo sueño, pero yo seguía suspendido en un gris lechoso. O a lo mejor no estaba despierto y estaba soñando. Era un sueño extraño, sin imágenes, poblado de sonidos. Como si no viera y tan sólo oyera voces que me contaban qué era lo que tenía que ver. Y me contaban que todavía no veía nada, salvo humo a lo largo de los canales, donde el paisaje se disolvía. Canales: Brujas, me dije, estaba en Brujas, ¿había estado yo alguna vez en Brujas la muerta? ¿Dónde la niebla flúctua entre las torres como el incienso conque sueña? Una ciudad gris, triste como una tumba con crisantemos, donde la bruma pende desflecada de las fachadas como un tapiz...
Mi alma limpiaba los cristales del tranvía para anegarse en la niebla móvil de las farolas, niebla, mi incontaminada hermana...
Una niebla espesa, opaca, que envolvía los ruidos, y hacía surgir fantasmas sin forma... Al final llegaba a un inmenso abismo y veía una figura altísima, amortajada, en su cara la perfecta blancura de la nieve. Mi nombre es Arturo Gordon Pym.
Mascaba la niebla. Los fantasmas pasaban, me rozaban, se disolvían. Las bombillas lejanas como los fuegos fatuos de un cementerio...
Alguien camina a mi lado sin ruido, como si estuviese descalzo, camina sin tacones, sin zapatos, sin sandalias, un jirón de niebla me roza la mejilla, un tropel de borrachos aúlla, allá, en el fondo del transbordador. ¿El transbordador? No lo digo yo, son las voces.
La niebla llega con sus pequeñas patas de gato... Había una niebla que parecía que hubieran quitado el mundo.
Aún así, de vez en cuando era como si abriera los ojos y viera relámpagos. Oía voces:
-No está en coma profundo, señora... No, no piense en el electroencefalograma plano, por lo que más quiera... Tiene reactividad...
Alguien me proyectaba una luz en los ojos, pero después de la luz, todo seguía oscuro. Noto el pinchazo de un alfiler en alguna parte.
-Lo ve, hay motilidad...
Maigret queda sumido en una bruma tan densa que ni sabe dónde pone los pies... La niebla está llena de formas humanas y cada vez se llena más, más intensamente se agita con una vida misteriosa.
¿Maigret? Elemental, querido Watson, son diez negritos, precisamente en la niebla desaparece el sabueso de los Baskerville.
.....
Otras voces, éstas desde dentro: largos quejidos de locomotora, curas, borrosos en la niebla, que van en fila a San Michele in Bosco.
El cielo es de ceniza. Niebla río arriba, niebla río abajo, niebla que muerde las manos de las gentes que pasan por los puentes de la isla de los Perros y miran un ínfimo cielo bajo la niebla, todas rodeadas de niebla, como si estuvieran metidas en un globo, colgadas en la niebla parda, tantas, tantos; no creí que la muerte hubiera deshecho a tantos. Olor a estación y hollín.
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Éste es el libro al que se refería el post en que os preguntaba cuánto había que leer para leer. Ya habréis identificado, entre las frases en cursiva, a una buena cantidad de autores y personajes. Y sólo son dos páginas del primer capítulo en el que hay continuas referencias de este tipo.
No os cuento el argumento; sólo os sitúo un poco. El protagonista sufre una pérdida selectiva de memoria. No sabe quién es, no reconoce a su familia, ni tampoco sabe quién escribió o dijo las frases que se le acercan como relámpagos. Pero es lo único que recuerda y a partir de ahí, iniciará una búsqueda exhaustiva en el papel impreso, empezando por la casa donde vivió de niño, para reencontrarse y "reconocerse".
Acompañarle a través de ese reconocimiento de sí mismo, me resultaría más emocionante si fuera italiana, porque hay muchísimas referencias e imágenes de tebeos de la época fascista, pero eso no detiene el interés de la lectura. Y en muchos casos, su recuperación memorística, es también la mía.

11 mayo 2007

Ángeles de Irisarri

Las Damas del Fin del Mundo
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(frag. Cap. I)
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Doña Uzea, señora de Finisterre o del Fin del Mundo, como la llamaban en la tierra de Galicia, y aún en Astorga, León y Carrión, andaba trastornada. Llevaba el día en un llanto, en un hipo, en un quejido. Tras vagar por la torre del faro y por el castillo todo, tras negarse a hablar con los hombres y mujeres que fueron suyos, pues los había comprado como esclavos, aunque los manumitiera la pasada Navidad para que hoy la abandonaran, subió a la torre alta, a la de la mar de dentro, para ver cómo la dejaban sus gentes, sus criadas y sus hombres de confianza: el caballerizo, el leñador, el porquero, sus doncellas, la cocinera... todos. Para ver cómo se alejaba la comitiva camino de Corcubión, del interior, a galope, y sin volver la vista atrás.
Diríase que aquella gente huía. Y sí, huía aterrorizada de un pequeño sol o luna que, después de revolotear lo indecible, de hacer piruetas y cabriolas durante un largo y terrorífico mes de octubre, se había quedado fijo en el cielo del cabo de Finisterre, encima del castillo, en vertical. Fijo, sin precipitarse desde la altura, sin cansarse, sin bajar a tomar tierra, sin ser un ave ni una piedra -pues que hubiera caído al suelo-, y brillando, brillando siempre, ya fuera día, ya fuera noche oscura, siendo cosa del diablo, tal vez, o cuando menos de otro mundo.
Y naturalmente que toda la servidumbre de la dama del Fin del Mundo escapaba. Se ausentaba a la carrera, se alejaba de aquel ser o cosa resplandeciente, pues bastante dura era la vida en aquellas tierras despobladas, sujetas al azote del frío, del viento y de la mar, como para vivir bajo el influjo de un monstruo o bicho maldito que producía a la población adulta vómitos y calenturas, y a los niños mal de aire. En vano habían intentado convencer a la señora de que se fuera con ellos a las heredades de Dumbría o de Buxantes o incluso a la casa de Lugo, en vano, pese a que adujeron muy buenas razones.
Argumentaron que ya había sido necedad que doña Uzea dejara la corte de su padre el rey Bermudo, el segundo, y que cambiara las pompas y vanidades del mundo por la tierra yerma de Finisterre, porque morar en aquellos lugares era como vivir fuera del siglo. Se había ido doña Uzea, tan niña ella, cuando el señor rey entregó a doña Teresa, su otra hija, al hachib de Córdoba como esposa, que era lo mismo que como concubina, pues tenía muchas.
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Comentario personal. Me encantó este libro "encantado" por su estructura y sus fantásticos personajes tragicómicos, que transcurre en el año 1016 y en la tierra más mágica de España. Todo es posible e imposible a un tiempo; todo sucede, o tal vez no sucede, o sucede con tanta intensidad que parece imposible que suceda :)
Contraportada. Cuando el rey Bermudo entregue a su hija Teresa a Almanzor como esposa, doña Uzea, su hermana, no sólo le avergonzará con una contundente frase de protesta: "Más valdría que los hombres solucionaran sus problemas hablando o callando a tiempo que mercadeando con sus mujeres", sino que decidirá abandonar la corte de León y partir hacia Finisterre.
... en octubre de 1016, un extraño acontecimiento... un pequeño sol o luna se ha quedado fijo en el cielo... parece cosa del diablo, pero cuando el astro se estrelle contra el suelo, no llegará el Apocalipsis sino que algunas de las criaturas más peculiares que jamás hayan pisado la faz de la tierra, empezarán a llamar a su puerta.
La autora. Nació en Zaragoza en 1947. Licenciada en Filosofía y Letras, su primera novela fue "Toda, reina de Navarra", publicada en 1991. Al reeditarse cambiaría el título a "El viaje de una reina".
También ha publicado "Ermessenda, condesa de Barcelona", "El estrellero de San Juan de la Peña", "La reina Urraca", "Historias de brujas medievales" y varias obras más. Ha recibido el Premio Lumen, el Baltasar Gracián y algunos otros. "Las Damas del Fin del Mundo" se publicó en 1999.

01 mayo 2007

Karl Jaspers

La Verdad
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(frag. de conferencia. 1937)
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Verdad... Esta palabra tiene un encanto incomparable. Parece prometer lo que verdaderamente nos llega con ella. La infracción de la verdad envenena todo lo que se haya podido ganar mediante tal infracción.
La verdad puede provocar dolor, puede llevarnos a la desesperación. Pero puede satisfacernos profundamente -sólo mediante el ser verdad, independientemente de su contenido-, pues la verdad existe.
La verdad alienta; una vez que se ha comprendido, surge el impulso de seguirla irresistiblemente.
La verdad sostiene: existe en ella una indestructibilidad que la une al ser.
Pero qué sea la verdad que nos atrae tan fuertemente -no una verdad determinada, sino la verdad como tal-, esta es la cuestión.
La verdad existe -así pensamos, como si ello fuera evidente-. Oímos y expresamos verdades sobre cosas, acontecimientos y realidades que para nosotros están fuera de duda. Incluso confiamos en que la verdad se impondrá en el mundo.
Sin embargo, quedamos sorprendidos: difícilmente se observa una segura presencia de lo verdadero.
Las expresiones corrientes, por ejemplo, son, en su mayor parte, expresiones de la necesidad de un punto de apoyo; se prefiere mucho más una opinión fija, que nos libere de ulteriores pensamientos, que el peligro y la fatiga de un incesante y continuo pensar. Lo que se dice, además, es impreciso en su claridad aparente, y constituye, ante todo, la expresión de encubiertos intereses del existente. En la vida pública se confía tan poco en lo verdadero entre los hombres que, a veces, es preciso recurrir a un abogado para hacer prevalecer una verdad.
La pretensión de poseer la verdad se convierte también en un medio de lucha para que prevalezca lo falso. Los casos favorables de la verdad, y no el ser-verdad como tal, son los que parecen decisivos. Y al fin surge algo inopinado que la hace sucumbir.
Todos estos ejemplos de verdad deficiente, en el campo sociológico y psicológico, no requieren referencia alguna al ser-verdad en cuanto tal el ser verdad es válido en sí mismo y está separado de su realización. Sin embargo, la existencia de un ser-verdad en sí también puede llegar a ser dudosa. La experiencia de la imposibilidad de un acuerdo sobre lo verdadero -a pesar de todo deseo de claridad explícito y de toda abierta disposición-, especialmente allí donde el contenido de esta verdad es tan esencial para nosotros que todo parece basarse en él, porque es el fundamento de nuestra fe, puede convertirse en motivo de duda de la existencia del ser-verdad. Es posible que lo verdadero, debido a su naturaleza, pueda sustraerse a la univocidad y unanimidad de las afirmaciones.
Verdades que dominan en la vida, y de las que muchos no pueden dudar, resultan falsas para otros. Oímos en nuestro mundo occidental afirmaciones categóricas de origen esencialmente distinto y divergentes las unas de las otras, y el rumor estruendoso de sus explosiones en fenómenos colectivos resuena a través de los siglos.
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Comentario. Bajo el título de "Filosofía de la existencia", Jaspers publicó, en 1938, una serie de conferencias que había impartido durante el año anterior. Martin Heidegger y Karl Jaspers, están considerados las figuras centrales del existencialismo alemán que tiene su contrapartida francesa en Gabriel Marcel y Jean Paul Sartre. Pero la comparación entre los pensamientos existencialistas de los dos países no gustaba a Jaspers y afirmó, en una edición revisada del libro citado, en 1956, que "las cosas más heterogéneas se ven como idénticas" en virtud de la simplificación a que se había visto abocada la expresión "filosofía de la existencia".
El autor. Karl Theodor Jaspers, nació en 1883. Médico psiquiatra, publicó su "Psicopatología general" en 1913, pero poco a poco va decantando su interés hacia la filosofía. Casado con una judía, en 1933 se ve apartado de los puestos de dirección de la Universidad de Heidelberg, aunque se le permite seguir enseñando. En 1946, publica "¿Es Alemania culpable?" , donde expone la necesidad de que el pueblo alemán reconozca la parte de su culpa en los horrores de la II G. Mundial y en 1966, critica, en otra obra, la tendencia oligárquica de los grandes partidos políticos alemanes. Esta actitud suya le enemista con la clase política alemana y decide adoptar la nacionalidad suiza. Se instala en Basilea, y allí residirá hasta su muerte en 1969. No hace falta decir, que su obra es mucho mayor y mucho más compleja que la aquí reseñada y que, en lo personal, fue un hombre valeroso que no ocultó su sentido de la Verdad y que, por ello, pagó un alto precio.

29 abril 2007

Alvaro Pombo

Aparición del eterno femenino
contada por S.M. el Rey
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(frag. página 50 y siguientes)
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Como dice doña Blanca. Elke traería cola. Desde el primer día ya la trajo. Y más que nada por ser chica. Eso se vio desde un principio. Diga el Chino lo que diga, Elke traería cola más por chica que por nada. El caso fue que tía Lola dejó pasar el viernes para no dar la impresión de tener prisa y dejó pasar también el sábado, y el domingo a las diez de la mañana llaman al timbre, Belinda dice quién será a estas horas y yo y el Chino seguimos como si tal desayunando, es decir, inamovibles, cada cual con su tebeo. Y vuelve a entrar Belinda y en la puerta va y se para y dice, poniendo la boquita de piñón de querer hacerse la misteriosa "¿A que no sabéis quién ha venido?" Y los dos decimos sin movérsenos ni un pelo: "No. ¿Quién?" Y Belinda dice: "¡Si os volveríais lo sabríais!" ¡Lo que es éstos con tal de no moverse dan dinero...!" Yo me volví entonces para ver con quién hablaba. Y era Elke la que acababa de llegar. "Hola", dije, y me volví a sentar a acabar el desayuno. Pero ya estaba todo mal. Acabé las sopas de mi taza y miré al techo, a ver qué hacía. Y luego miré al Chino a ver qué hacía. Y no hacía nada. Sólo hacía que mirarla fijamente. Así que a mis espaldas ellas dos delante, de perfil, el Chino, sin mover pie ni patada. Y yo callado. Hasta que se oyó por fin el trueno y el relámpago a la vez de un silencio corrosivo que no presagiaba nada bueno. Entonces yo dije: "Pues muy bien", por decir algo, y Belinda dijo: "Elke va a quedarse aquí a jugar. Doña Lola me lo ha dicho por teléfono, que la invitasteis a subir." "¿Que la invitamos? ¿Quién?", esto lo pregunté yo más que nada por saberlo. Y Belinda volvió a poner boquita de piñón y a retorcerla como cuando le habla a don Rodolfo, igual: "Vosotros." Y Elke dijo -que yo sepa hasta entonces es la vez que más habló-: "Tía Lola kreeer invitado de vosotrras." El chapurreo aquel lo que es yo no lo entendía. Y el Chino no digamos. "Perro ir, bajar. Ist egal. Auf fidersen." "Un momento", dije yo, empezando a cabrearme ya bastante, "todos quietos. De aquí no sale nadie hasta que yo lo diga. Esto lo primero hay que aclararlo. Voy a preguntar uno por uno." Y le pregunté al Chino, que era el único que había: "Chino, ¿tú a la huérfana la has dicho que subiese o qué?" Y el Chino, que es todo un caballero, mintió como un bellaco por salvar el honor de la extranjera. "Sí. La dije que subiese yo ayer tarde. ¿Pasa algo?." "No, nada", dije yo todo lo secamente que podía. Y como el Chino después no decía nada, tuve yo que decirlo por él todo. Así que hablé a la intérprete Belinda, que lo tradujese si quería: "Pues que pase y se siente, o pregúntala si ha desayunado." Y Belinda: "Que te pregunta que si quieres tomar algo." Y Elke dijo: "Ij fersteen nijt." Acabamos los tres en la terraza. Sin hablar nada ninguno. El Chino no paraba de mirarla y Elke no paraba de mirarme a mí. ¡Así que me hice cargo de los mandos yo, si no a ver! "Creo que tú eres alemana, ¿no? Pues entonces bienvenida a bordo de este buque insignia que navega rumbo a El Cairo a bombardear la retaguardia del mierda de Montgómeri y llevar de paso combustible a Rómel." Ya más claro, agua, yo pensé. Pero Elke no decía ni sí, ni no, ni se cuadraba, ni me saludaba, ni dejaba de mirarme. ¡Cómo sean así todas las huérfanas de guerra -pensé yo- se van a divertir los alemanes! Pero sólo dije: "Vamos a ver, tú al mariscal Rómel le conoces ¿sí o no?" "Nain", dijo Elke contra todos los pronósticos. Tanto me chocó que un minuto entero me quedé sin habla. Lo que aquello olía era bastante a chamusquina.
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Comentario personal. Cuando te encuentras cara a cara con Ceporro, sabes que has encontrado una maravilla de personaje. "Yo lo cuento...: lo gordo, lo primero. Y luego, los adornos que se quieran"
Desde la primera página, la conversación que Ceporro mantiene consigo mismo, mientras entronca los pequeños sucesos cotidianos con las aventuras leídas e interpreta, a su manera, las conversaciones y actitudes de los adultos que le rodean, te atrapa y no te suelta hasta la última frase.
Contraportada. Dos niños, dos primos inseparables de unos doce años, el Ceporro y el Chino, viven en el gran piso de su abuela, después de la Guerra Civil. Don Rodolfo, que fue nada menos que sparring de Uzcudun, les da clases de gimnasia y boxeo. Juegos viriles en la terraza donde se desploman los vencejos; al fondo, ecos de la Segunda Guerra Mundial, el mariscal Rommel y el imperio Nipón.
De repente aparece una niña alemana, huérfana, refugiada, que irrumpe en el cerrado mundo infantil de los dos primos y lenta y decisivamente todo cambia.
El autor. A. Pombo tiene una considerable obra literaria, que ha merecido numeroso premios.
Destacan "El héroe de las mansardas de Mansard" , "Los delitos insignificantes" y "El metro de platino iridiado".

19 abril 2007

Anécdota y preguntas

Cuando estaba haciendo el cursillo literario, una compañera presentó un texto en el que un norteamericano visitaba un museo precolombino y a cada paso de las explicaciones que la guía le daba, comentaba con desprecio lo salvaje de tales civilizaciones y la crueldad infinita de los sacrificios humanos, a lo que la guía, mexicana ella, respondía sin palabras con el reflejo de las matanzas a los indios americanos, en pie de igualdad y punto por punto. Así, a cada cosa mala de un lado, le correspondía otra igual en el otro. En uno de esos puntos, la guía nombraba al General Custer, como artífice de una gran masacre. Lo cierto es que el cuento estaba un poco traído por los pelos, y no se explicaba muy bien el hecho de que alguien que siente interés por una cultura hasta el punto de querer ver los museos que se le dedican, luego no haga sino denigrarla, pero eso ya forma parte de otra cosa. (Por ende, el dato histórico concreto referente a Custer, no era cierto)
Lo que sí me asombró fue la corrección que hizo la profesora. No entraba a valorar la oportunidad de las circunstancias, ni ninguna otra cosa de lo escrito, pero le corregía el hecho de haber nombrado al militar (Custer) porque, según ella, "eso podría confundir a los posibles lectores que no conocieran al General ni al Séptimo de Caballería"
No mencionó a Chihuaco-hualti, ni a Moctezuma, ni a Quetzaltcoatl, ni a ningún otro personaje de la cultura autóctona. Es posible que al ser ella misma sudamericana, tuviera la seguridad de que esos dioses y hombres, sí eran conocidos de todos.
La alumna en cuestión, comentó ésta correción en el foro, quejándose de ella, como es natural. Yo no pude estar más de acuerdo con su queja.
He recordado éste episodio al hilo de un libro que acabo de empezar. "La misteriosa llama de la Reina Loana", de Umberto Eco. Y lo he recordado porque en las dos primeras páginas, ya han salido a relucir frases y nombres, de y como , T.S. Eliot y su "Abril es el mes más cruel", George Simenon y el comisario Maigret, Arthur Conan Doyle y su "elemental, querido Watson", junto al "perro de los Baskerville", Agatha Christie con sus "10 Negritos" y García Lorca con "El cielo es de cenizas". Eso, que yo haya sido capaz de identificar porque, naturalmente, no están así nombrados. Y hay algunas citas más, que no tengo ni idea de si he leído o no he leído, porque el que no me "suenen" no quiere decir nada. Nadie recuerda cada frase de cada libro.
En este momento llegarían las preguntas que yo le habría formulado a la profesora, si el relato corregido hubiera sido mío:
¿Realmente un escritor debe tener en cuenta la cultura de sus posibles lectores?
¿Hay que escribir sólo aquello que el futuro lector sea capaz de entender y ya conozca, o hay que estimularle a ampliar sus saberes poniéndole en la pista de lo que desconoce?
¿Habría que abstenerse de nombrar a éste o aquel personaje que no fuera tan popular como el Barça o el Real Madrid? Por poner un ejemplo de conocimiento a nivel mundial, no porque me guste el fútbol :)
Y la última, fuera ya de la anécdota:
¿Cuánto hay que leer, para leer?

17 abril 2007

Henning Mankell

Viaje al fin del mundo

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El perro.
Fue con él que empezó todo.
Si no hubiera visto al perro solitario quizá no habría ocurrido nada. Nada de lo que después se convirtió en algo tan importante y que cambió todo. Nada de lo que primero fue emocionante y luego espantoso.
Todo empezó con el perro. El perro solitario que había visto aquella noche del invierno pasado cuando se había despertado de repente, se había levantado de la cama y se había sentado en la especie de hornacina donde estaba la ventana.
Por qué se había despertado en mitad de la noche era algo que no sabía.
¿Habría soñado tal vez?
Una pesadilla de la que no había podido acordarse cuando se despertó. ¿O tal vez fueron los ronquidos de su padre, que dormía en la habitación contigua? Su padre no roncaba mucho. Pero a veces lanzaba un ronquido aislado, casi como un rugido, y luego se hacía de nuevo el silencio.
Como un león que rugía en la noche invernal.
Pero fue cuando estaba allí sentado en la ventana del vestíbulo cuando vio al perro solitario.
Los cristales de la ventana estaban cubiertos de estrellitas de hielo y tuvo que echar el aliento muy cerca del cristal para limpiarlo y poder ver algo fuera. En el termómetro podía leer que casi estaban a treinta bajo cero. Y fue entonces, cuando estaba allí sentado, en aquella hornacina, mirando por la ventana, cuando de repente vio al perro. Corría por la carretera completamente solo.
Justo debajo de la farola se paró y miró a su alrededor, olfateó en varias direcciones, antes de seguir corriendo. Luego, desapareció.
Era un perro corriente, de los que se usan en la caza del alce. Eso había tenido tiempo de verlo. Pero ¿por qué corría, solo en la noche invernal y el frío? ¿Adónde iba? ¿Y por qué miraba a su alrededor?
Había tenido la sensación de que el perro sentía miedo de algo.
A pesar de que empezaba a tener frío, se quedó pegado a la ventana esperando a que regresase el perro. Pero no volvió.
Allí fuera solo estaba la fría y vacía noche invernal. Las estrellas que brillaban en la lejanía.
No podía olvidar al perro solitario.

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Comentario personal. Llevo mucho tiempo leyendo a Mankell, porque me encantan las novelas de "guardias civiles y ladrones". Así se refería mi padre al género detectivesco y así se sigue llamando en casa. Este libro es diferente. En realidad son cuatro pequeños libros, con un mismo protagonista, reunidos en un volumen. Abarcan la vida de Joel desde los 11 a los 18 años. La construcción de los personajes, que tanto aprecio en las novelas que protagoniza el comisario Wallander, están corregidas y aumentadas aquí. Joel, es un niño soñador obligado a una materialidad cotidiana, de la que escapa como puede. A veces héroe, a veces ruin y casi siempre sin saber por qué hace lo que hace. Un niño, en fin.
Contraportada. Joel, que vive con su padre en un pueblo perdido del norte de Suecia, sueña con inmensos océanos y lejanos países para encontrar, durante los duros y fríos inviernos, experiencias que lo inicien en la vida y lo fortalezcan para afrontar su propio destino.
El autor. H. Mankell, (Estocolmo, 1948) antes de recibir tres premios por "El perro que corría hacia una estrella" (fragmento mostrado aquí) en el año 2000, ya había conseguido una gran reputación como dramaturgo y novelista para adultos. Sus libros sobre el comisario Kurt Wallander son de los best seller más notables en los últimos años en Europa.
Apostilla final. Hay una serie de TV sobre este comisario. Recomiendo encarecidamente salir huyendo del canal que sea, si por azar, o por zappear, un día os aparece en la pantalla. ¡Es malísima...!

14 abril 2007

Abilio Estévez II

Tuyo es el Reino
*
(En páginas 138-139)


Al día siguiente no salió de la casa. Presentía una noticia pero no tenía idea de cuál. Se había puesto a trajinar, a cantar (por lo bajo, con cierto rubor). Esperó una visita que no se produjo, alguien que viniera a darle conversación, o a traerle un dulce de regalo. Sin embargo, los demás tienen la costumbre de aparecerse cuando no hace falta, nunca a la inversa, y la madera de la puerta permaneció muda. De esta conciencia de inanidad volvió la idea de mirarse al espejo. El espejo esta vez demoró más en reflejarla, y cuando la otra que era ella misma, apareció, traía expresión de sorna, o al menos así quiso interpretar Casta Diva la ligera sonrisa, las cejas levantadas, la intensidad del brillo de la mirada que no era sólo inteligente sino además sarcástica (si es que resulta lícito establecer distinción entre inteligencia y sarcasmo). ¿De qué te burlas?, preguntó a la imagen. Ella ni siquiera movió los labios. ¿Hay algo en mí que te disgusta? La que estaba en el espejo continuó inmutable, hasta que decidió ponerse seria, bajar los ojos, con vergüenza tal vez. Ella dijo Eres mi imagen, te corresponde repetir cuanto hago, repetirme hasta el cansancio, es tu deber. La otra pestañeó nerviosa, la miró un segundo, para después halar la réplica de una silla que había en el cuarto, y sentarse con la cara entre las manos. (¿Estará de más decir que la verdadera silla, la del cuarto, permaneció en su sitio?) No me evadas, gritó ella un tanto exasperada, no tienes derecho a evadirme. La imagen respondió suspirando, poniéndose en pie, encaminándose a la ventana, que abrió hacia la Isla. Casta Diva pudo ver cómo miraba el día brillante. (¿Estará de más decir que la verdadera ventana siguió cerrada y que ella, considerándose la legítima, no se movió de su lugar?) Golpeó la luna del espejo, exclamó Eres irreal, aborrecible e irreal. A pesar de que la imagen permaneció quieta, supo que la había escuchado, algo le dijo que la había escuchado y se había llenado de ira. La suposición fue confirmada después, cuando la imagen tomó el monedero que estaba sobre la mesa de noche y salió a la Isla. (¿Estará de más decir que el verdadero monedero continuó sobre la verdadera mesa de noche?, ¿resultará inútil enfatizar que el espejo quedó vacío?)

10 abril 2007

Abilio Estévez

Tuyo es el Reino
*
(Página 219 a 221. En Tusquets Editores)



Como un cubano típico, a la hora de vestirse, Lucio primero se peina. Frente al espejo, completamente desnudo y entalcado, las piernas abiertas, como un cubano típico. Acomoda el pelo lacio, negro, con abundante brillantina. Roza con la palma leve de la mano el pelo endurecido y acucioso. Retoca las patillas. Mira la piel de su cara, si algún grano, si alguna mancha..., se observa la nariz, los ojos, la frente. Hace lo posible porque el espejo le devuelva su propio perfil. Pasa una mota de polvo por la frente y la nariz para evitar que el sudor las haga brillar, y, como un cubano típico, pasa por las cejas y las pestañas un dedo mojado en saliva. Luego, como un cubano típico, estudia cuidadosamente la dentadura (donde relumbra una muela de oro) y se limpia las orejas con algodón. Continúa mirándose al espejo. Esta vez el estudio abarca todo su cuerpo. Con golpe rápido, alegre, satisfecho, levanta su virilidad potente y entalcada y mira los cojones que también están entalcados, que también son grandes, como los de un cubano típico. Sentado en la cama, suavemente, acariciándolos, cubre los pies con las medias. Después, la camiseta, los calzoncillos de algodón limpio y por supuesto, almidonados. Como un cubano típico, procura que la camiseta quede bien ajustada al cuerpo, por dentro de los calzoncillos. Se mira de frente y de lado en ropa interior; admira, constata que el abdomen sea perfecto, que sea perfecto el pecho, como cualquier cubano típico. Da ligeros golpecitos en el pecho y el abdomen. Entonces, como un cubano típico, se perfuma sin dejar de mirarse al espejo: cuello, orejas, pecho y brazos, no sin antes haber puesto desodorante en las axilas, cuyos vellos, como un cubano típico, se ha encargado antes de recortar. Se huele los brazos, las axilas. Sonríe satisfecho. Aprovecha la sonrisa para estudiar otra vez los dientes cepillados con exageración y admirar el destello de la muela dorada. (No, la muela no esplende lo suficiente. Lucio se acerca al espejo, y, como un cubano típico, toma un paño e insiste en ella varias veces, para que brille, sí, para que brille, porque la nariz y la frente no deben brillar; la muela de oro, sí, que se vea en la noche, que todos la vean.) Toca el turno al pantalón. De casimir. Le gusta el casimir. Es una tela que acaricia su muslos, y a Lucio, como un cubano típico, le gusta que le acaricien los muslos. Calza los zapatos charolados. Hace y deshace los lazos de los cordones hasta que quedan perfectos. Con un paño insiste en las puntas de los zapatos, que también ellos deben fulgurar, provocar deslumbramiento. Estudia rápido, aunque preciso, el modo en que el pantalón cae sobre el zapato (para un cubano típico, posee la mayor importancia.) Cuidadoso, con movimientos lentos y estudiados, voluptuosos, viste la camisa. Blanca, por supuesto, de mangas cortas para soportar el calor; blanca, de hilo almidonado, planchada hasta el exceso por Irene (hasta eso: Lucio, como un cubano típico, tiene la típica madre cubana que se preocupa porque el hijo parezca un príncipe) Con toda intención, olvida abrochar los dos últimos botones de la camisa; así, se podrá ver el borde de la camiseta y la piel nítida y el modo recio, victorioso con que se yergue el cuello de Lucio. Toca el turno al flus. El flus se acomoda veloz al cuerpo como si hubiera recibido una orden. Vuelve a retocar las patillas. Vuelve a estudiar los dientes y, en especial, la muela de oro. Se peina otra vez. Otra vez pasa el dedo mojado en saliva por cejas y pestañas. Con la lengua, humedece los labios. Perfuma el pañuelo que no va para el bolsillo del flus, sino para el del pantalón. Mira un instante, de modo casi maquinal, el reloj que lleva a la muñeca, y contempla la obra terminada. Sí, ha quedado bien, está muy bien, parece decir la expresión entre preocupada y satisfecha de su cara, el ceño graciosamente fruncido. Por fin, como un cubano típico, lanza un beso entre burlón y sincero a la imagen que está al otro lado del espejo. La imagen, que también corresponde a la del cubano típico que Lucio es, responde con un beso que lleva la misma carga de burlona sinceridad.


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De cada uno de los personajes de esta novela (y son muchos) saldría, sin duda, otra novela entera. Nada fácil de leer, necesité volver una y otra vez a ella y, aún así, me sigue sorprendiendo cada vez que la repaso. Y lo hago con frecuencia. No es posible hacer un resumen, pero os dejo el que figura en la solapa de la cubierta, aunque, en verdad, no puedes hacerte una idea de lo que la novela es.
Contraportada.Tuyo es el reino: un dios menor, a tu medida, y de tu condición mortal, lo ha creado para ti. Es una isla dentro de otra isla, una finca aislada a las afueras de La Habana, invadida por una naturaleza exuberante y poblada de gentes muy diversas. Es un mundo en pequeño, con su parcela de más acá y de más allá, con su paraíso y su infierno; un reino perdido y recobrado, al fin, por el recuerdo y la palabra.
El autor. Nació en La Habana en 1954. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica. Ha escrito teatro, ensayo, poesía y es profesor y conferenciante. "Tuyo es el reino" es su primera novela, publicada en España en 1997.

01 abril 2007

Ernest Hemingway

El viejo y el mar
*
Capitulo I (frag.)
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Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado, los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota.
El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas en la parte posterior del cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Estas pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces. Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto.
Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y éstos tenían el mismo color del mar y eran alegres e invictos.
-Santiago -le dijo el muchacho trepando por la orilla desde donde quedaba varado el bote -Yo podría volver con usted. Hemos hecho algún dinero.
El viejo había enseñado al muchacho a pescar y el muchacho le tenía cariño.
-No -dijo el viejo -. Tú sales en un bote que tiene buena suerte. Sigue con ellos.
-Pero recuerde que una vez llevaba ochenta y siete días sin pescar nada y luego cogimos peces grandes todos los días durante tres semanas.
-Lo recuerdo -dijo el viejo. Y yo sé que no me dejaste porque hubieses perdido la esperanza.
-Fue papá quien me obligó. Soy un chiquillo y tengo que obedecerle.
-Lo sé -dijo el viejo -.Es completamente normal.
-Papá no tiene mucha fe.
-No. Pero nosotros sí, ¿verdad?

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Así comienza una de las novelas más famosas del siglo XX. Hemingway, con una carrera periodística y literaria bien conocida, nació en 1899 y se suicidó en 1961. Fue galardonado con el Nobel de Literatura en 1954. Corresponsal de guerra, ejerció como tal en España, durante el enfrentamiento civil de 1936-1939.
Hemingway está incluído en la lista de escritores estadounidenses de la llamada "generación perdida" que, desencantados y críticos con el panorama literario y político de su país después de la I Guerra Mundial, se exiliaron a Europa, donde realizaron la mayor parte de su obra literaria. Seis de ellos destacan poderosamente: Scott Fitzgerald, Dos Passos, Faulkner, H. Miller, Steinbeck y el propio Hemingway. El término "generación perdida" fue acuñado por Gertrude Stein que fue también todo un personaje.

31 marzo 2007

Paloma Díaz-Mas

Como un libro cerrado
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Parábola del sembrador (frag)
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Muchos años antes de que yo leyera los Evangelios, me los contaron.
Es asombroso que algunos de mis colegas, profesores de universidad, sean incapaces de entender cómo funciona la transmisión oral de la literatura, cuando nosotros mismos hemos conocido tantos textos literarios no por haberlos leído, sino por haberlos oído.
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Con las parábolas evangélicas, la narración oral cerraba un círculo: las parábolas fueron, en su origen, cuentecillos o apólogos que sirvieron para ilustrar con ejemplos una predicación exclusivamente oral.
.....
De las parábolas, la que más me gustaba era la del sembrador: "Salió el sembrador a sembrar. Y sucedió que, según iba sembrando, una parte de la simiente cayó junto al camino, y llegaron los pájaros y se la comieron; y otra parte cayó en el pedregal, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida, pero cuando salió el sol se quemó y se secó por no tener raíz; y otra cayó en los espinos, pero crecieron los espinos y la ahogaron, y no dio fruto; y otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto que se multiplicaba, y producía un grano treinta, otro sesenta y otro ciento".
Me gustaba no sólo porque eran tan accesible, tan fácil de entender, sino porque vagamente yo comprendía que aquello no sólo explicaba cómo era ese hipotético y abstracto Reino de los Cielos, sino cómo era la vida misma: uno puede hacer lo que sea, pero en definitiva es el azar el que determina cuál será el resultado. Y así la Palabra evangélica iba inculcándonos, sin que lo sintiéramos, un poquito de escepticismo y otro poco de fatalismo.
Uno nunca sabe qué semilla está cayendo en tierra buena. Y si eso es verdad en el mundo en general, es más verdad todavía en la enseñanza. Un niño o un adolescente son un universo imprevisible; y así el profesor puede estar desviviéndose por enseñar y transmitir unas cosas, pero a lo mejor es una frase dicha al desgaire, un detalle que a él le parecía insignificante, una cosa secundaria y trivial, lo que deja en su alumno una huella que dura toda la vida. Si tuviera que echar cuentas de la cantidad de frases triviales y de detalles irrelevantes que han determinado mi vida, no acabaría nunca de contar: son las semillas echadas a voleo que cayeron en tiera fértil; pero otras, que el sembrador se afanó en sembrar con cuidado, aquellas para las que escogió el lugar y el momento y en las que puso su ilusión y su esfuerzo, ésas no germinaron jamás. Por eso es mejor enseñar con fe y con fatalismo: allá va lo mejor que puedo daros; y, de este esfuerzo algo saldrá, aunque sea lo más imprevisible.

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Cuando leí este libro, creí estar leyendo la historia de mi propia infancia y primera adolescencia. No podía creer que alguien supiera más de mi que yo misma, pero así fue. Volví al colegio de su mano y a las lecturas de Historia Sagrada y a los juguetes que mi padre hacía para mi y a la necesidad de hacer, y hacerme, preguntas cuyas respuestas no entendía y provocaban más preguntas.
Es un libro autobiográfico que acaba con dos acontecimientos de esos que marcan la vida de una persona. P. Díaz-Mas tiene 19 años y su primer libro ya está en prensa cuando su padre fallece repentinamente. Así, una alegría inmensa se convierte en un duelo, inmenso también, que le hace acabar este libro con unas palabras aleccionadoras.
"No conviene poner un exceso de ilusiones en un vaso tan frágil como es la vida. La emoción y la pasión, si acaso, están en el momento de escribir"


09 marzo 2007

Alejo Carpentier

Viaje a la semilla
I
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—¿Qué quieres, viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían —despojados de su secreto— cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.
Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se desploblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.
Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.

II

Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.
Los cuadrados de mármol, blancos y negros volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación. En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.
El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.
Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida.

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A. Carpentier, nació en La habana en 1904 y murió en parís en 1980. "Los Pasos Perdidos" es, quizás, su novela más conocida, pero sus cuentos son obras maestras de la imaginación. En éste "Viaje a la Semilla" la vida reaparece en sentido inverso a su discurrir normal y todo se torna irrecuperable.

José Antonio Marina

Elogio y Refutación del Ingenio
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(fragmento de la página 27 y 28)
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El ingenio es la rebelión de la inteligencia, que quiere dejar de ser seria, para huir de sus multiplicadas servidumbres. Es esclava de la lógica, el sentido común, el principio de realidad. Ha estado sometida al ser, a la verdad, a la belleza y a la bondad, es decir, a los cuatro trascendentales metafísicos. Por eso al sublevarse busca con denuedo la intrascendencia. "Monólogo significa: el mono que habla", dice Gómez de la Serna. Por supuesto que es mentira, ésa es la gracia. "Cuando sentimos un pie frío y otro caliente sospechamos que uno de los dos no es nuestro." El ingenio parece disparatar sensatamente y descubrir un sesgo original del mundo, del que no se puede decir que sea verdadero ni falso, porque pertenece a un nivel ontológico diferente, como veremos al estudiar la metafísica del juguete. Tenía razón Marcuse: jugar con la verdad no es lo mismo que mentir o equivocarse. Es aprovechar el "juego", la holgura que la inteligencia ingeniosa produce en la realidad, como en estos ejemplos: "El que en la ventanilla del telégrafo cuenta las palabras del telegrama parece el representante de la Academia que cuida el estilo y nos pone una multa según las faltas observadas". "No comprenderán nunca las mujeres que, cuando con la cara mojada pedimos una toalla, la pedimos en urgente naufragio." Quedamos con la duda de si hemos leído descripciones ingeniosas de la realidad real o descripciones realistas de una realidad ingeniosa.
En este contraluz pretende afincarse para siempre la inteligencia.

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Con éste libro, saltó a la popularidad J.A.Marina. En 1992, ganó el Premio Anagrama de Ensayo, y desde entonces el éxito le ha acompañado. Personalmente, creo que sus últimas obras están bastante alejadas de la originalidad y la "chispa", por decirlo de algún modo, que tenían sus primeros libros.
Teoría de la Inteligencia Creadora, Ética para Naúfragos, La Selva del Lenguaje y El Misterio de la Voluntad Perdida. Tengo otros tres suyos, el último del año 2006, pero "mi" Marina, ya no está en ellos. Ley de evolución o ley de beneficios, no lo sé. Lo espero de vuelta, eso sí.

05 marzo 2007

Friedrich Hölderlin


Poemas de la Locura
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Vida más elevada
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Su vida escoge el hombre, su objetivo,
gana libre de error sabiduría, pensamientos,
recuerdos que perdierónse en el mundo,
y nada puede contrariar su valor íntimo.

El esplendor de la Naturaleza embellece sus días,
otórgale su espíritu nuevas vestiduras
en su interior, y así contempla la verdad,
y el más alto sentido, y las más singulares preguntas.

Puede así el hombre conocer entonces el sentido de la vida,
nombrar su meta lo más alto, lo más elevado,
saber que uno es el sentido de la humanidad y de la vida,
considerar que el más alto sentido es la más noble vida.

Scardanelli

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Friedrich Hölderlin nació en 1770 y murió en 1843. Hacía 37 años que estaba loco. Antes de eso, se había ordenado ministro de la Iglesia Protestante, había escrito numerosos libros, había sido amigo íntimo de Schelling, Hegel y Schiller, entre otros. Una anécdota significativa; Una aristocráta amiga, le regaló un piano a Hölderlin y éste cortó casi todas las cuerdas. Con las pocas que quedaron, improvisaba su música. En "Poemas de la Locura" sólo están los de esa época, probablemente más conocidos que los libros que escribió cuerdo. ¿Y qué es locura..?
La firma Scardanelli, corresponde a una de las personas que él creía ser. No se reconocía con su verdadero nombre, salvo en raras ocasiones.

03 marzo 2007

José Cardoso Pires

Celeste y Làlinha
*
Fue en el tiempo de las guerras: África era un corazón ardiendo en el océano.
*
Una niña Llamada Celeste salió de las llamas y voló hacia el cielo.
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Partió la niña, Celeste se llamaba, dentro de un dragón de plata que volaba por vientos y aires, y no iba sola. Viajaba en compañía de su madre y de su abuela, ambas vestidas de luto, mientras allá abajo su primo Amílcar, camionero de transporte pesado, se enfrentaba con los negros del hambre negra. Que eran ciento y la madre, dicho sea de paso: negros pululando en el capín, negros con la piel del león y la corteza del imbondeiro, negros turras-terroristas, ojos ardientes y pies en el viento, esparciéndose por las ciudades; negros hechos astillas; trapos de negros pudriéndose en los mástiles. Guerrilla, en suma.
Y el primo Amílcar, en la cumbre de una montaña de balas, pegando tiros alegremente:
-¡Con putas y turras siempre se acaba antes!
Las llamas le cegaban. Disparaba a la más pequeña sombra; al menor zumbido, pólvora. Y cuanto más pólvora, más ceguera, más miedo: cuanto más miedo, más desesperación; cuanta más desesperación, más turras-terroristas, de manera que era una guerra expeditiva: antes que nada, matar por matar, y después ya veremos.

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Imbondeiro-árbol africano de gran tamaño. Turra-nacionalista de las excolonias portuguesas. (Aclaraciones del traductor X.Rodriguez)
Guerra de Angola. Muchos portugueses son evacuados a Portugal y alojados en campos de refugiados. Una niña juega con su muñeca negra, Làlinha. Es la amiga, la confidente, la compañera inseparable. Pero es negra y...

Fernando Pessoa

Tu voz habla amorosa...
Tan tierna habla que me olvido
de que es falsa su blanda prosa.
Mi corazón desentristece.

Sí, así como la música sugiere
lo que en la música no está,
mi corazón nada más quiere
que la melodía que en ti hay...

¿Amarme? ¿Quién lo creería? Habla
con la misma voz que nada dice
si eres una música que arrulla.
Yo oigo, ignoro, y soy feliz.

Ni hay felicidad falsa,
mientras dura es verdadera.
¿Qué importa lo que la verdad exalta
si soy feliz de esta manera?

27 febrero 2007

Antonio Tabucchi

Sostiene Pereira
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(fragmento del capítulo I)
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Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber que hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a pereira, le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón y tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene. Y por casualidad, por pura casualidad, se puso a hojear una revista. Era una revista literaria pero que tenía una sección de filosofía. Una revista de vanguardia quizá, de eso Pereira no está seguro, pero que contaba con muchos colaboradores católicos. Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer, en la resurrección de la carne. En el alma sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, eso no volvería a renacer, y además ¿para qué?, se preguntaba Pereira.

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De 1995 a 1997, se lanzaron 13 ediciones al mercado español. No sé si hubo más; la mía es de esa treceava edición. La acción transcurre en 1938, bajo la dictadura de Salazar y en un momento de la Historia en que el fascismo es un futuro que aparece como inevitable y aterrador. Junto con "Nocturno hindú" es la novela que más me gusta de éste magnifico escritor, al que siempre vale la pena acercarse.

25 febrero 2007

Italo Calvino

Las ciudades invisibles
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Argia
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Lo que hace a Argia diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene tierra. La tierra cubre completamente las calles, las habitaciones están repletas de arcilla hasta el techo, sobre las escaleras se posa en negativo otra escalera, encima de los tejados de las casas descansan estratos de terreno rocoso como cielos con nubes. Si los habitantes pueden andar por la ciudad ensanchando las galerías de los gusanos y las fisuras por las que se insinúan las raíces, no lo sabemos: la humedad demuele los cuerpos y les deja pocas fuerzas; les conviene quedarse quietos y tendidos, de todos modos está tan oscuro.
De Argia, desde aquí arriba, no se ve nada; hay quien dice: "Está allá abajo" y no queda sino creerlo; los lugares están desiertos. De noche`, pegando el oído al suelo, se oye a veces golpear una puerta.

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Me presentaron ese texto, del que habían borrado algunas frases y me pidieron que las completara. Es un ejercicio de plagio que se suele hacer en los cursillos literarios. El mío quedó así (Ya pedí disculpas mentales a I. Calvino)

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Lo que hace a Argia diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene palabras.
Las palabras cubren completamente las calles, las habitaciones están repletas de letras de todo tipo y tamaño , sobre las escaleras se posa un infinito número de signos de admiración alternados; encima de los tejados los interrogantes se entretejen para no dejar pasar el agua.
Si los habitantes pueden andar por la ciudad, sin pisar alguna palabra que les agrade o les emocione no lo sabemos.
Pero estamos seguros de que eso les resulta muy difícil; les conviene quedarse quietos y tendidos, hasta que las palabras que no quieren pisar se alejen de ellos. Hay quien dice que de noche, las palabras juegan entre ellas a componer poemas, y no queda sino creerlo. Los lugares están silenciosos. De noche, pegando el oído al suelo, se puede escuchar la cadencia de los versos.

24 febrero 2007

Kazuo Ishiguro

Los restos del día
*
(fragmento de la pág.44, en Anagrama. Col. Compactos)
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Había una historia que a mi padre le gustaba contar muy a menudo. Siendo yo niño, e incluso más tarde, en mis primeros años de lacayo bajo su supervisión, solía escucharle cuando la contaba a las visitas.
...
Evidentemente, se trataba de una historia que para él significaba mucho. La generación de mi padre no tenía costumbre de analizar y discutir todo como hace la nuestra, por eso creo que la reflexión más crítica que mi padre llegó a realizar referente a su profesión fue esta historia que no dejó nunca de contar.
Al parecer, era una historia verídica sobre un mayordomo que había viajado con su señor a la India, donde le sirvió durante muchos años manteniendo entre el personal nativo el mismo nivel de perfección que había sabido imponer en Inglaterra.
Una tarde, como era habitual, nuestro hombre entró en el comedor para asegurarse de que todo estaba listo para la cena y descubrió que debajo de la mesa había un tigre moribundo. El mayordomo abandonó en silencio el comedor y se dirigió sin prisas al salón en que su señor tomaba el té con algunos invitados. Tosiendo educadamente, llamó la atención de su patrón y, acto seguido, acercándosele al oído, susurró:
-Discúlpeme, señor, pero creo que hay un tigre en el comedor. ¿Me permite que utilice el rifle?
Y, según dicen, unos minutos depués, el patrón y sus invitados oyeron tres disparos; cuando algo más tarde el mayordomo volvió a aparecer en el salón para rellenar las teteras, el dueño de la casa le preguntó si todo estaba en orden.
-Perfectamente, señor. Gracias -fue la respuesta -. La cena será servida a la hora habitual, y me complace decirle que no quedará huella alguna de lo ocurrido.

23 febrero 2007

Jean Rhys

Ancho mar de los Sargazos
*
Fragmento de la primera parte.
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Dicen que en los momentos de peligro, hay que unirse, y, por esto, los blancos se unieron. Pero nosotros no formamos parte del grupo. Las señoras de Jamaica nunca aceptaron a mi madre, debido a que era "muy suya, muy suya", como decía Christophine.
Era la segunda esposa de mi padre, muy joven para él, según decían las señoras de Jamaica, y, peor todavía, procedía de la Martinica. Cuando le pregunté por qué era tan poca la gente que nos visitaba, me dijo que la carretera que iba desde Spanish Town a Coulibri Estate, donde vivíamos, era muy mala y que, ahora, la reparación de carreteras había pasado a la historia. (Mi padre, las visitas, los caballos y sentirse segura en cama, también habían pasado a la historia.)
Otro día la oí hablar con el señor Luttrell, nuestro vecino y único amigo:
-Desde luego, también tienen sus problemas. Todavía esperan la compensación que los ingleses les prometieron cuando aprobaron la Ley de Emancipación. Algunos esperarán mucho tiempo.
¿Cómo podía saber que el señor Luttrell sería el primero que se cansaría de esperar? Una tranquila tarde, el señor Luttrell le pegó un tiro a su perro, se echó al mar y nadó mar adentro, y desapareció para siempre. De Inglaterra no vino agente alguno a cuidar su finca -Nelson´s Rest se llamaba -, y gentes desconocidas, de Spanish Town, fueron allí para chismorrear y comentar la tragedia. Se decía:
-¿Vivir en Nelson´s Rest? Por nada del mundo. Es lugar de mal augurio.
La casa del señor Luttrell quedó vacía, y el viento hacía batir los postigos. Pronto los negros dijeron que la casa estaba hechizada, y no querían siquiera acercarse a ella.Y nadie se acercaba a nuestra casa.
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Resumen de la contraportada. J. Rhys, publicó cinco libros entre los años 1927-39. No obtuvo el éxito esperado y no volvió a escribir hasta 1966, cuando publicó esta novela. Un libro de "literatura en la literatura" donde cuenta la historia de Antoinette Cosway, primera esposa de Rochester, enigmático e inolvidable protagonista de "Jane Eyre" de Ch. Brontë.
Mi comentario.
Antoinette, es la esposa loca encerrada en la torre y que se suicida en el incendio que ella misma provoca. La novela, que no es un pastiche de la obra de Brontë, te convence de la posibilidad de que fuera así como pasó su infancia y juventud, y los motivos de su locura y el horrible final, quedan plenamente definidos. Y justificados, si lo necesitaran.
Pongo la etiqueta "Inglaterra", aunque Rhys nació en la Dominica, una de las Islas Widward. Su padre era galés y ella está considerada "escritora inglesa" en todo lo que he leído acerca de su obra.

Jerzy Kosinski


Desde el jardín
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Fragmento del primer capítulo.
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Era domingo. Chance estaba en el jardín. Se movía con lentitud, arrastrando la manguera verde de uno a otro sendero mientras observaba atentamente el fluir del agua. Fue regando con delicadeza cada planta, cada flor, cada rama del jardín. Las plantas eran como las personas: tenían necesidad de cuidados para vivir, para sobreponerse a las enfermedades, y para morir en paz.
Sin embargo, las plantas diferían de la gente. Ninguna puede reflexionar sobre sí misma ni conocerse; no existe ningún espejo en que pueda reconocer su rostro; ninguna puede obrar intencionadamente; no le queda sino crecer y su crecimiento carece de sentido, puesto que no puede razonar ni soñar.
Las plantas gozaban del resguardo y protección del jardín, separado de la calle por un alto muro de ladrillos rojos cubiertos de hiedra, cuya paz, no perturbaba siquiera el ruido de los coches que pasaban. Para Chance las calles no existían. Si bien nunca había abandonado la casa y su jardín, la vida que transcurría al otro lado del muro no despertaba su curiosidad.
La parte delantera de la casa, donde habitaba el Anciano, podría haber sido parte del muro o de la calle. Nada le indicaba a Chance que hubiera allí algún ser viviente. En la parte de atrás de la planta baja, que daba la jardín, vivía la criada. Al otro lado estaba la habitación de Chance, su cuarto de baño y un pasillo que conducía al jardín.
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Comentarios de la contraportada.
"Quizá el libro que más me ha impresionado" (Luis Buñuel)
"Una devastadora andanada programada con perfecto sentido satírico y profundidad metafísica" (R.Z.Sheppard, Time)
"Un protagonista que es una fabulosa criatura de nuestra época" (G. Wolf, Nesweek)
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Es posible que recordéis una película, protagonizada por Peter Sellers ( y por la que fue nominado al Oscar) titulada "Bienvenido Mr. Chance". Está basada en ésta novela y fue el propio Kosinski quien escribió el guión.

21 febrero 2007

John Banville

El Mar
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Fragmento de la página 49. En Ediciones Anagrama. Col. Panorama de Narrativas.
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Aquí, cuando yo era niño, bajaba cada mañana, descalzo y con un bote mellado en la mano, a comprarle a Duignan el lechero o a su esposa, estoicamente alegre y de grandes caderas, la leche del día. Aun cuando el sol llevara ya alto muchas horas, el húmedo frío de la noche todavía rondaba el patio adoquinado, donde las gallinas se paseaban con pasos afectados entre sus propios excrementos color tiza y verde oliva. Siempre había un perro atado y tendido bajo una carreta inclinada que no me perdía de vista cuando yo pasaba, tambaleándome de puntillas para mantener los talones fuera de la mierda de gallina, y un triste caballo de tiro de color blanco que aparecía y asomaba la cabeza por encima de la media puerta del establo y me observaba de soslayo con mirada divertida y escéptica desde debajo de un copete que era exactamente del mismo matiz ahumado de color nata que la flor de la madreselva. No me gustaba llamar a la puerta de la granja, pues me daba miedo la madre de Duignan, una anciana bajita y recia que parecía tener una pierna amputada en cada esquina y que jadeaba al respirar y acomodaba el pólipo pálido y húmedo de su lengua sobre el labio inferior, por lo que me quedaba a la sombra violeta del establo esperando que aparecieran Duignan o su mujer y me salvaran de un encuentro con la vieja bruja.

19 febrero 2007

El dibujo de mi sobrino


Mi sobrino Sergio es un artista. Y no es pasión familiar, como podéis ver.
En nuestra tribu, todos tenemos alguna veta así. Quién no dibuja, pinta o modela, o hace música, o fotografía, o canta, o escribe, o...
Cómo en el blog el dibujo se "desdibuja", por así decirlo, aquí os lo pongo para que lo podáis ver en detalle. No olvidéis felicitar a la orgullosa tía, aquí presente :)

17 febrero 2007

Italo Calvino

Las ciudades invisibles
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Las ciudades y los ojos.5
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Vadeado el río, cruzado el paso, el hombre se encuentra de pronto frente a la ciudad de Moriana, con sus puertas de alabastro transparentes a la luz del sol, sus columnas de coral que sostienen los frontones con incrustaciones de mármol serpentín, sus villas todas de vidrio como acuarios donde nadan las sombras de las bailarinas de escamas plateadas bajo las arañas de luces en forma de medusa. Si no es éste su primer viaje, el hombre ya sabe que las ciudades como ésta tienen un reverso: basta recorrer un semicírculo y será visible la faz oculta de Moriana, una extensión de chapa oxidada, tela de costal, ejes erizados de clavos, caños negros de hollín, montones de latas, muros ciegos con inscripciones borrosas, armazones de sillas desfondadas, cuerdas que sólo sirven para colgarse de una viga podrida.
Parece que la ciudad continúa de un lado a otro en perspectiva multiplicando su repertorio de imágenes: en realidad, no tiene espesor, consiste sólo en un anverso y un reverso, como una hoja de papel, con una figura de un lado y otra del otro, que no pueden despegarse ni mirarse.

16 febrero 2007

Franca, Jacopo y Darío Fo

Tengamos el sexo en paz
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Teatro. Tercer monólogo.
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Mi madre

Me hubiera gustado hablar de ello, que me explicaran ciertas cosas... ¿pero con quién?
La persona indicada hubiera sido mi madre, pero no había confianza entre nosotras. Mi madre venía de una familia rica... en dignidad y prejuicios. Mi madre es una buenísima persona, católica ferviente, practicante, e incluso... votante, que con sus hijas jamás habló de sexo. Para mi madre éramos como las muñecas... terminábamos aquí. (Indica la cintura)
Para ella, decir sexo era decir obscenidad. Una muestra: al culo lo llamaba pompis... y a lo de delante, pompis de delante. Curioso, ¿verdad?
A veces, cuando yo estaba haciendo los deberes, mi madre llegaba de improviso, con esa cara que ponen las madres en los momentos importantes, y me decía con una voz, pero una voz... que parecía la de Dios:
"¡Ten cuidado, hija! ¡Los hombres sólo quieren una cosa!"
Nunca me dijo cuál.
Mi madre no me preparó para la vida. Las únicas cosas de sexo las supe por una amiga muy revoltosa, doce años... Hacía algún tiempo que no la veía y me dice:
"¡Qué cansada estoy...¡"
"¿Por qué estás cansada, qué has hecho...?
"El amor..."
"¿El amor...?" -yo no sabía lo que era - "¿Con quién?"
"Con mi primito de diez años"
"¿Y qué habéis hecho?"
"Pues como no sabíamos nada de esas cosas, sólo que los niños nacen de la tripa..., él con su cosa empujaba, empujaba.. ¡No veas cómo tengo el ombligo!"
Entre mi madre, "¡Ten cuidado!", y el ombligo inflamado, yo estaba muerta de pánico. Si se me acercaba un chico, le tiraba piedras.
"¡Vete, vete, jamás lo conseguirás!"
"¿El qué?"
"¡No lo sé...!"
Después en el bachillerato, los chicos impetuosos, salidos, se me echaban encima, me abrazaban, me estrujaban... Lugo trataban de besarme.
No sé vosotras, pero yo, de mi primer beso guardo un recuerdo espantoso. Él me agarra... y, zas, me estampa contra la pared... ¡un testarazo de conmoción cerebral! Después con esas 24 manos que tienen los chicos, me quería manosear todo el cuerpo... y luego con la lengua... blall.. y blall, en la oreja...
¡"Para! Pareces una batidora con esa lengua.. que frío.. qué asco...¡Estate quieto!"
Y después, ¿no quería meterme la lengua en la boca? ¿A mí, que soy vegetariana?
"Quita esa lengua que te la arranco y se la tiro al gato", decía yo, siempre con las manos tapándome el ombligo.
Otra cosa que no entendía, era que: ¡ZAS!, me estampa contra la pared, luego (repite los movimientos anteriores) Blall, blall..., blall,... y empujaba su pubis contra el mío, con una fuerza tremenda... Yo pensaba: "Pero... ¿qué llevará en los calzoncillos?"
Os diré la verdad: ¡por culpa de mi madre, cuánto tiempo he perdido!
Pero más tarde, una de mis tías, de izquierdas, solterona... no porque fuera de izquierdas... maestra, y mucho más abierta que mi madre, decidió culturizar sexualmente a sus sobrinitas, y un día nos reúne en la cocina, alrededor de una mesa grande... éramos niñas de de 12, 13 años... y nos enseña un libro científico, de anatomía y, en particular, la imagen de un sexo femenino en sección. Coloreado según las partes en tonos suaves... que me pareció un mapa... y cuando la tía preguntó: "Niñas, ¿sabéis que es ésto?", yo: "¡Sí tía, es Florida!", no se porqué...
¡Qué mal le sentó! "No, boba, esto no es Florida... ¡es tu pompis de delante!"
Me quedé tan impresionada, que desde aquel día a mi pompis de delante siempre lo he llamado Florida... y al de detrás, California.

10 febrero 2007

Luis Landero

Caballeros de Fortuna
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(fragmento de la página 154 y siguientes. Edit. Tusquets. Col. Fábula)
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-Y ahora, vamos a ver, ¿cuánto hace al año 400 pesetas por día?
Manuel cerró los ojos y se puso a bisbisear.
-Yo te lo diré también: 150.000 pesetas. ¿Y cuántas veces 150.000 pesetas son 200 millones de pesetas?
Manuel hizo un gesto de indefensión.
-Pues también te lo diré. A casi siete años el millón, unos mil cuatrocientos años. ¿Es o no es?
Sí, pero...
-Pues ése es el tiempo que tardaré yo en ser millonario.
-Vaya por Dios - dijo Leonor, y siguió revolviendo en el canasto.
La luz del carburo desquiciaba en las paredes el vuelo de las moscas.
-Esos números están mal hechos - dijo al final Manuel.
-¿Mal hechos? ¿Y eso cómo puede ser? - gritó Esteban.
-Porque hay cosas que los números no pueden medir. Lo dicen los sabios y es una gran verdad.
Alcanzó de una repisa el libro de las frases célebres, se puso los lentes de oro, se mojó un dedo y empezó a pasar las hojas.
-Vosotros buscad, que acabaréis encontrando la desgracia - dijo Leonor mientras desenredaba un ovillo.
-Aquí sólo hay palabras - contestó distraído Manuel - y las desgracias vienen de la vida, no de los libros.
-Las desgracias vienen de donde uno las busque.
Manuel se ajustó los lentes:
-Aquí está: "Salen errados nuestros cálculos cuando entran en ellos el temor y la esperanza. Molière"
Se hizo un gran silencio de ranas y grillos.
-Y eso ¿qué tiene que ver con los millones y los años? - preguntó Esteban.
-Este sabio quiere decir con esta frase célebre que en las cuentas intervienen dos números invisibles, que son el temor y la esperanza. Es muy difícil de explicar pero es así.
-Y según ese libro - dijo Esteban - ¿qué cosa hay que hacer para ser rico?
-Este libro enseña a ser sabio, no rico. Pero hay otra frase, no me acuerdo ahora de quién, que dice que el hombre más rico no es el que más tiene sino el que menos desea. Me parece que lo dijo un sabio que vivía dentro de un tonel.

05 febrero 2007

Kenzaburo Oé

La Presa
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(fragmento de las páginas 59 y 60, en la edición de Anagrama, colección "quinteto")
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Pero de repente el soldado estiró el brazo -un brazo increíblemente largo -, alzó entre sus gruesos dedos, cuyas falanges estaban erizadas de pelos, la botella de ancho gollete, se la acercó y la olió. Después la inclinó, abrió sus labios como de caucho, descubrió dos perfectas hileras de dientes fuertes y deslumbrantes, cada uno en su sitio exacto igual que las piezas de una máquina, y vi cómo la leche caía en las profundidades rosadas y relucientes de su amplia garganta. La nuez del negro cloqueaba como un desagüe cuando chocan en él el agua y el aire. Por las dos comisuras de la boca, que daba la penosa sensación de ser una fruta demasiado madura estrangulada por un cordel, la leche grasienta se desbordaba, bajaba a lo largo del cuello, mojaba la camisa abierta, caía por el pecho y se inmovilizaba en la piel pegajosa con reflejos oscuros en forma de gotas viscosas como la resina que temblequeaban. Descubrí, en medio de la emoción que me resecaba los labios, que la leche de cabra era un líquido extraordinariamente hermoso.
Ruidosamente, con un gesto brusco, el soldado negro devolvió la botella a su cesta. Ahora su vacilación del principio había desaparecido por completo. Hacía rodar entre sus enormes manos las bolas de arroz, que parecían minúsculos pastelillos; trituraba el pescado seco, incluídas las espinas, con sus mandíbulas de dientes deslumbrantes. Pegado a la pared al lado de mi padre, me sentía lleno de admiración ante aquella poderosa masticación de la que no se me escapaba nada. El soldado negro estaba absorto por la comida, y no prestaba la menor atención a nuestra presencia; yo podía estudiar, pese a los esfuerzos que hacía para acallar los rumores de mi estómago, sí, estudiar (aunque con el pecho algo oprimido), la soberbia "presa" de los hombres de la aldea. ¡Sí, era realmente una "presa" soberbia!
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El escritor japonés K. Oé, mereció el Nobel de Literatura en 1994. Esta obra maestra de apenas 100 páginas, cuenta como, durante la guerra del Pacífico, un avión americano se estrella cerca de una aldea de cazadores en las montañas de Japón. El único superviviente es un soldado negro. Contada por uno de los niños protagonistas, la historia resulta una experiencia a caballo entre el temor y el asombro ante lo desconocido. La llegada de "la presa" altera el ritmo de los días que han conocido hasta ahora y transforma la percepción de las cosas, dando entrada a lo mágico y extraordinario.

03 febrero 2007

Gabriel García Márquez

Espantos de Agosto
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Cuento completo
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Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
—Menos mal —dijo ella— porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creernos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor cabe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
—El más grande —sentenció— fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un ciclo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué tontería —me dije—, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.