17 diciembre 2008

David Albahari

Goetz y Meyer
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Goetz y Meyer. Nunca llegué a verlos, así que sólo puedo imaginarlos. En este tipo de parejas, uno suele ser alto y el otro bajo, pero como los dos eran suboficiales de las S. S., cabe imaginar también que los dos serían más bien altos, y tal vez hasta midiesen lo mismo. Supongo que las normas de admisión en las filas de las S. S. eran especialmente rigurosas y no debían aceptar a nadie por debajo de cierto límite. Uno de ellos, afirman los testigos -entraba en el campo, jugaba con los niños y los tomaba en brazos, y hasta les regalaba caramelos de chocolate. Hace falta poca cosa para imaginar un mundo distinto, ¿verdad? Luego Goetz, o bien Meyer, regresaba a la cabina del camión para emprender viaje de nuevo. No se trataba de un trayecto largo, pero Goetz, o Meyer, no eran precisamente primerizos en su trabajo. Si bien su tarea no era de gran envergadura - no se trataba más que de cinco mil almas - razones de ahorro exigían que el trabajo lo efectuaran unos mandos bastante curtidos. Es muy probable que Goetz y Meyer llevasen algunas medallas colgadas en sus guerrreras de suboficial, no me sorprenderia. Lo que sí me sorprendería es que uno de ellos llevara bigote. No puedo imaginar a Goetz ni a Meyer con bigote. A decir verdad, no logro imaginarlos de ninguna manera, con o sin bigote. Claro que lo más sencillo sería acudir a los lugares comunes: pelo rubio, tez clara, mejillas pálidas y mirada de acero; pero con ello sólo demuestro que me dejo influir por la propaganda. La raza elegida era un proyecto en marcha, y Goetz y Meyer no eran más que un eslabón de una cadena proyectada hacia un porvenir lejano. ¡Pero menudo eslabón! A veces la verdadera base de un edificio inmenso está hecha de tareas pequeñas como la suya; la solidez de los cimientos dependerá de que se ejecuten convenientemente dichas tareas. No digo que Goetz y Meyer fueran conscientes de ello, y quizá hasta se esmeraban en lo suyo igual que lo hubieran hecho en cualquier otro cometido, pero es indudable que sabían en qué consistía su trabajo: su misión, concretamente, pues así la llamaban; y era en efecto una misión, un mandamiento, una orden; no podemos evitar aquí la terminología militar. Y es que Goetz y Meyer son militares, no se puede cuestionar su lealtad para con el Reich y el Führer. Incluso cuando entra en el campo y levanta a los niños en brazos, muy alto, Goetz, o Meyer, no piensa en lo que vendrá después.
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Comentario: Este es un libro estremecedor, de no muy fácil lectura, en todos los sentidos. Wilhem Goetz y Erwin Meyer eran dos de los conductores de los tristemente famosos camiones-cámara de gas, conocidos como "morideros del alma" Casi toda la familia del autor murió dentro de ellos junto con otras cinco mil personas, en su mayoría ancianos, mujeres y niños, todos ellos judíos. Se hacía creer a los prisioneros que esos camiones los conducían fuera de Belgrado hacia asentamientos en Rumanía o Polonia, donde por fin serían liberados y esa convicción era suficiente para que esperaran con impaciencia que llegara su turno y ocupar su plaza en el transporte liberador. En realidad, su viaje solo duraba 15 kilómetros; algo más de lo que se necesitaba para que todos estuvieran muertos, mediante un sencillo mecanismo que solo requería introducir los gases del tubo de escape dentro de la caja del camión, ajustando el tubo a un orificio ad hoc.
Poco a poco, saltando en la narración, Albahari nos pone delante de los ojos una crueldad tan fría, tan calculada, que apenas puede concebirse.
El autor: Nació en Pec, Serbia. Es de origen judío y el escritor serbio vivo más conocido en el mundo. Estudió Literatura Anglo-Americana, vive en Canadá y publicó su primer libro de relatos en 1973. Editor y traductor, su propia obra se ha traducido a más de quince idiomas y ha merecido numerosos galardones y premios entre los que cabe destacar el Ivo Andric y el Premio a la mejor novela del año en Serbia con El Anzuelo. Con Goetz y Meyer, escrita en 1998, se consolidó como escritor a nivel mundial.

2 comentarios:

Elèna Casero dijo...

Hola reineta. Hoy con algo más de tiempo para pasear por la red. Un ratito, me voy de concierto ahora mismito.

No había leído nada sobre este buen hombre.
No sé dónde apuntar la lista de la lista infinita de libros para leer.

Un beso

Trenzas dijo...

Elena Casero: Ya, ya..., la lista se va haciendo interminable, pero no pasa nada si solo llegamos un pasito más allá. Algo tiene que quedar en el camino :)
¿Qué tal ese concierto ?
Molts petons, reina mora.