21 agosto 2009

William Maxwell

Vinieron como golondrinas
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Cap. 2, páginas 14 y 15
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-¿Qué estás haciendo? ¿Paños de cocina?
Bunny se fijó en que cuando su madre decía que no moviendo la cabeza, hacía un gesto muy curioso. Era como si estuviera quitándose de encima una idea que la molestara.
-Pues es verdad que parecen paños de cocina - contestó ella.
El interés que Bunny ponía en los asuntos de su madre era casi continuo. [...] Cuando su madre iba a Peoria de compras, le gustaba acompañarla para poder opinar sobre la ropa, aunque tuviera que pasar mucho tiempo fuera del probador. Pero tampoco estaban siempre de acuerdo. Lo del papel del comedor, por ejemplo. A Bunny le gustaba mucho el que había, sobre todo el borde, que era una colina con un castillo encima, el mismo repetido en cada metro de pared, y los tres mismos hidalgos vestidos de armadura que subían a caballo a cada uno de los castillos. Sin embargo, su madre lo había cambiado por un papel sin dibujo que no le daba nada en que pensar y que, en su opinión, habría quedado mucho mejor en la cocina, donde no importaría tanto.
Bunny esperó impacientemente mientras ella mordía el hilo y medía una hebra nueva, recién sacada del carrete.
-Pañales.
La palabra le despertó un leve torbellino de emoción por dentro. En actitud pensativa, fue y se sentó junto a su madre en el banco de la ventana. Desde allí veía el jardín que había entre su casa y la de los vecinos y la verja y el jardín de los Koenig, y un lado de la casa blanca de los Koenig. Los vecinos eran alemanes, aunque de eso no tenían la culpa, y su hija pequeña se llamaba Anna. En enero, Anna iba a cumplir un año. El señor Koenig se levantaba muy pronto por la mañana, para ayudar a hacer la colada antes de irse a trabajar. La lavadora hacía bom-bom, bom-bom, a las cinco de la mañana. A la hora del desayuno había una ristra de banderas blancas mecidas por el viento del otoño. No eran banderas, claro está: eran pañales, y eso era lo importante del asunto. Nadie se ponía a hacer pañales a no ser que fuera a nacer un niño.
[...] A Bunny le gustaba que su madre se agachara y le rozara suavemente la parte de arriba de la cabeza con la mejilla. Pero hubiera preferido que fuera en otro momento. Ahora le desconcertaba.
[...] -Verás... - dijo su madre mientras desplegaba una tela blanca, la doblaba y la ponía en el mismo montón que las otras - Lo que necesitamos es otra persona en la familia. Por lo menos una persona más.
-Yo creo que nos van muy bien las cosas tal y como están.
- Puede que sí, pero ese cuarto en el que tú duermes está claro que es demasiado...
La mano de ella se abrió y se quedó quieta.
[...]
-Lo que yo tenía pensado era un hermano pequeño, o una hermana. Eso daría igual, ¿verdad?. Así no armarás tanto barullo como cuando estás solo.
-No, supongo que no. ¿Pero eso quiere decir que...?
Su madre no se conformaba con tenerle a él, quería una niña pequeña.
Cuando ella se levantó y fue hacia la cocina, Bunny no la siguió. En vez de eso se quedó absolutamente quieto, viendo cómo se encogían las hojas amarillas; viendo cómo se balanceaba la araña desde el techo.

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Comentario: Bunny, de 8 años, Robert de 13 y el padre de ambos, James, no saben que están a punto de perder a Elizabeth, su madre y esposa, a quien alcanzará la "gripe española" en el mismo hospital en que nace su tercer hijo. Es entonces cuando se hace más vívida su presencia y lo que significaba en la vida de todos ellos. El libro está contado desde los puntos de vista de los tres hombres de la familia, desde su edad y perspectiva, pero no como una semblanza individual, sino en función de la relación entre cada uno de ellos y la mujer a la que los tres adoran, cada uno a su manera. De una forma sutil, ella está en cada paso que da toda su familia, presente en la actitud de todos. Sin grandes efectos dramáticos, a pesar del dramatismo de algunas circunstancias, la novela tiene una dimensión humana extraordinaria. De esas que te hacen volver a leerla para percibir cabalmente lo que significa, para los protagonistas, la pérdida de su madre y esposa.
William Maxwell, cuenta aquí, de alguna manera, la muerte de su madre, que también murió de gripe española cuando él contaba 10 años, durante la epidemia que llegó a Estados Unidos durante la I Guerra Mundial.
Maxwell, recién recuperado para los lectores en español (la edición que manejo es de 2006 y la anterior a ésta, es de 1964) merece una mayor atención, pero como tantas otras veces, no la recibe.
Enlace a este gran autor y editor entregado a autores mucho más considerados y que, sin embargo, se lo deben casi todo a él.
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11 comentarios:

Mar dijo...

Simplemente gracias.

Un abrazo para tí.

Franki dijo...

Realmente parece interesante, escribir dando volumen a unos momentos cruzando, la perspectiva emocional de personajes de edades y condición distintas.Colocarte en la mentalidad y percepción de cada personaje, te hace imaginar mejor la situación.
Molts petons amiga Trenzas

Trenzas dijo...

Mar: Gracias a ti preciosa...!
Estoy un pelín alejada de los blogs, pero ya pronto vuelvo con más ganas :)
¿Has quitado uno? ¡Siempre cambiante vos...!
Abrazos fuertes y manzanas rojas.

Trenzas dijo...

Franki: Muy bien visto ese "volumen" que dan los personajes, sí señor. Es eso exactamente lo que pasa en la novela. La madre cobra toda su dimensión, no por lo que ella dice o hace, sino por cómo la recuerdan en la ausencia.
Esta no tiene muchas páginas :DDD
Abraçades, estimat Franki

Ricardo Guadalupe dijo...

Hola! Son muchas las cosas que me evoca el fragmento que has seleccionado. Por un lado está lo del papel del comedor, que hubiera quedado mejor en la cocina, y es que los momentos de pensar y no pensar tienen cada uno su espacio. Da que pensar ¿no?

Por otro lado está lo de tener otro hermano, alguien que haga de frontera entre el protagonista y su madre. Cuántas veces hace falta un tercero, y cuántas veces hace falta que ese tercero sea el espacio vacío que hay entre uno y otro, y es que cuando me pongo a filosofar...

Y luego está lo que comentas. Qué cierto es que hay gente que nota más al otro por el espacio que deja que por el que ocupaba. Bueno, esto no es lo que comentas exactamente, pero es lo que a veces ocurre. Qué peliagudo es el tema de las ausencias...

Muchas gracias por descubrirme a este autor, desde luego escribe muy bien y lo que cuenta de él la Wiki es bien interesante.

Un abrazo muy fuerte, porque sí.

Trenzas dijo...

Ricardo: Notable el jugo que le has sacado al fragmento :)
Lo que cautiva en esta novela, es que discurre sin que parezca que pasa nada, pero no puedes dejarla, porque lo que pase o no, conecta directamente con lo que nos pasaba o no nos pasaba, pero todo ello conforma la vida. Vivimos, en gran parte, sólo de cosas menudas; los grandes acontecimientos, buenos o malos, vienen a marcar hitos y nos remiten al tiempo en que no pasaba "nada"
Cuando se produce una gran ausencia, todo cobra otra dimensión por un largo tiempo. Y la vida sigue en función de esa ausencia.
En la novela, cuando hablan los hijos, la madre aún vive; cuando es el padre, ya ha muerto. Bueno, no es tan sencillo como eso, pero más o menos :)
Me alegra que te haya interesado.
Un abrazo bien fuerte.

fractal dijo...

De Maxwell interesa todo, todo. En especial esa entrega y ayuda a otros autores, con su buena mano de editor.
¿No fue él quien cambió en título, "El mudo", en la novela de Carson McCullers por uno de los mejores titulos en literatura: El corazón es un cazador solitario?

En cuanto a la novela que hoy comentas, sólo te digo que quiero leerla.

Recuerdo cuando me enteré de la muerte de Maxwell. Fue un hombre admirable.

Petonets!

Elèna Casero dijo...

No la he leído pero el fragmento que has dejado aquí tiene mucha calidad.

Una abraçada ,reineta

Trenzas dijo...

Fractal: No conocía ese dato de la novela de McCullers, pero debe ser cierto. Más trabajo me ha costado, y aún no me he enterado del todo, es el título de esta obra, en relación al texto. Claro que si ponemos la muerte de las protagonistas, la de su propia madre y la de ficción, en un todo, sí tiene mucho sentido. Llegan, construyen un confortable nido, crían a sus hijos con amor, y luego "emigran"
Ya me dirás, si la lees.
En cuanto a Maxwell, un gran hombre de letras, en el más amplio sentido de la palabra.
Moltes abraçades, bonica.

Trenzas dijo...

Elena Casero: A mí me encantó este fragmento, cuando el pequeño Bunny, ve amenazada su posición ante la madre, sin oponerse demasiado, pero "con la mosca detrás de la oreja" ante los cambios que se avecinan. No le apetecen, pero si su madre lo desea...
:)
Abraádes fortes, reineta escriptora.

La navaja en el ojo dijo...

Me ha alegrado mucho llegar a tu blog y encontrar esta entrada sobre Vinieron como golondrinas, de William Maxwell. Tu opinión me ha parecido muy interesante y por ello nos gustaría debatirla contigo en el club de lectura, y que nos recomendases un libro para una próxima lectura.