29 julio 2007

Francisco de Quevedo

Historia de la vida del buscón, llamado Don Pablos
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Capítulo I (fragmento)
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Cuenta quién es y de dónde.


Yo soy, señor, natural de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo (Dios le tenga en el cielo). Fue el tal como todos dicen; su oficio fue de barbero; aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa; y, según él bebió, puédese muy bien creer.
Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso probar que era descendiente de la letanía. Tuvo muy buen parecer, y fue tan celebrada, que en el tiempo que ella vivió, casi todos los copleros de España hacían cosas sobre ella. padeció grandes trabajos recién casada, y aún después, porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el dos de oros. Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el agua, levantándoles als caras para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les sacaba, muy a su salvo, los tuétanos de las faltriqueras. Murió el angelito de unos azotes que le dieron dentro de la cárcel. Sintólo mucho mi padre (buen siglo haya), por ser tal, que robaba todas las voluntades.
Por estas y otras niñerías estuvo preso; aunque, según a mí me han dicho, salió de la cárcel con tanta honra, que le acompañaron doscientos cardenales, sino que a ninguno llamaban eminencia. Las damas diz que salían por verle a las ventanas, que siempre pareció mi padre muy bien a pie y a caballo. No lo digo por vanagloria, que bien saben todos cuán ajeno soy della.
Mi madre, pues, no tuvo calamidades. Un día alabándomela una vieja que me crió, decía que era tal su agrado, que hechizaba a cuantos la trataban; sólo diz que se dijo no se qué de un cabrón y volar, lo cual la puso cerca de que la diesen plumas con que lo hiciese público. Hubo fama de que reedificaba doncellas, resucitaba cabellos y encubría canas. Unos la llamaban zurcidora de gustos; otros algebrista de voluntades desconcertadas, y por mal nombre la llamaban alcahueta, para unos era tercera y prima para todos, y flux para los dineros de todos. Ver, pues, con la boca de risa que ella oía esto de todos, era para dar mil gracias a Dios.

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Comentario personal: Leer a Quevedo, o a cualquier otro escritor de su tiempo, tal vez requiera tener un diccionario cerca, pero sólo al principio. Pronto te das cuenta de que entiendes perfectamente las frases, a pesar de que puedes ignorar el significado de alguna palabra, ya en desuso. Ahora estoy acabando este libro, de nuevo, porque ya lo he leído unas cuantas veces y siempre me maravilla la facilidad de Quevedo para introducirte en la vida de estos personajes tan alejados de nosotros en tiempo y forma. Consigue que te sean cercanos, familiares; y acabas cogiéndoles cariño, por más pícaros que sean y por más que merezcan ejemplar castigo.
El autor: Una vida muy interesante la de este madrileño, contemporáneo de todos nuestros genios literarios de los siglos XVI y XVII, extraordinaria época para nuestras letras. Os dejo el enlace, indispensable aquí, ya que una vida como la de Francisco Gómez de Quevedo, no puedo resumirla en cuatro líneas. Ni en ocho.
Que lo disfrutéis...!

20 julio 2007

Tracy Chevalier




La joven de la perla
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Capítulo I. (fragmento)
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1.664



Mi madre no me avisó de que iban a venir. Luego me dijo que no quería que se me notara nerviosa. Me sorprendió, porque creía que me conocía bien. Los desconocidos siempre pensaban que era una persona tranquila. No me echaba a llorar como una niña pequeña. Sólo mi madre advertía la tensión en mi mandíbula, mis ojos aún más abiertos de lo que ya de por sí solía tenerlos.
Estaba picando las verduras en la cocina cuando oí voces en la puerta de la casa —una voz de mujer, brillante como latón bruñido, y otra de hombre, apagada y oscura como la madera de la mesa en la que estaba trabajando—. Eran un tipo de voces que raramente oíamos en nuestra casa. Imaginé espesas alfombras al oírlas, y libros y perlas y pieles.
Me alegré de haber fregado con un cuidado especial los escalones de la entrada.
Oí la voz de mi madre —un puchero hirviendo, un cántaro— aproximándose desde la sala. Venían hacia la cocina. Aparté los puerros que estaba cortando, dejé el cuchillo sobre la mesa, me limpié las manos en el delantal y apreté los labios para suavizarlos.
Mi madre apareció en el umbral, sus ojos dos señales de atención. Tras ella, la mujer tuvo que agacharse de lo alta que era, más alta que el hombre que la seguía.
En mi familia éramos todos bajos, incluso mi padre y mi hermano.
Parecía que la mujer venía de luchar contra un vendaval, aunque no soplaba ni la más leve brisa aquel día. Del sombrero torcido se le escapaban unos ricitos rubios que le caían sobre la frente, como abejas a las que en repetidas ocasiones hizo ademán de espantar. El cuello del vestido, además de descolocado, estaba falto de plancha y apresto. Se retiró por debajo de los hombros el manto gris, y vi que bajo el vestido azul marino una criatura crecía en su vientre. Como para final de año o antes.
Tenía la cara ovalada, como una bandeja, luminosa en unos momentos y apagada en otros. Sus ojos eran dos botones castaño claro, un color que yo apenas había visto unido al pelo rubio. Hizo como si me observara detenidamente, pero fue incapaz de fijar la atención en mí; su mirada saltaba de un rincón a otro de la habitación.
—Así que ésta es la muchacha —dijo bruscamente.
—Sí, ésta es mi hija, Griet —respondió mi madre. Yo incliné respetuosamente la cabeza, a modo de saludo.
—No parece muy grande. ¿Será lo bastante fuerte?
Cuando la mujer se volvió a mirar al hombre, rozó con el manto el mango del cuchillo con el que yo había estado cortando las verduras, que cayó y se puso a girar por el suelo.
La mujer dio un grito.
—Catharina —dijo el hombre con voz pausada. Pronunció su nombre como sí tuviera canela en la boca. La mujer se calló y trató de calmarse.
Yo me adelanté a recoger el cuchillo y, limpiando la hoja en el delantal, lo dejé sobre la mesa. Al caer, el cuchillo había movido un trozo de zanahoria. Lo devolví a su montón.
El hombre me miraba con sus ojos grises como el mar. Tenía una cara larga, angulosa, con una expresión imperturbable, en contraste con la de su mujer, que era tornadiza como la llama de una vela. No tenía ni barba ni bigote, y eso me gustaba, porque le daba un aspecto limpio. Llevaba una capa negra sobre los hombros, una camisa blanca y una fina gorguera de encaje. El sombrero ocultaba unos cabellos del color rojo de los ladrillos mojados por la lluvia.
—¿Qué estabas haciendo, Griet? —me preguntó.
Me sorprendió la pregunta, pero supe ocultar mi sorpresa.
—Picando las verduras para la sopa, señor.
Siempre colocaba las verduras formando un círculo en el que cada verdura ocupaba un segmento, como si fueran las porciones de una tarta. Había cinco: col roja, cebolla, puerro, zanahoria y nabo. Utilizaba la hoja del cuchillo para dar forma a cada porción y en el centro del círculo ponía una rodaja de zanahoria.
El hombre dio un golpecito en la mesa con un dedo.
—¿Están puestas en el orden en el que se echan a la sopa? —sugirió, estudiando el círculo.
—No, señor —dije dubitativa. No sabía explicar por qué había colocado así las verduras. Sencillamente las ponía como consideraba que debían ir, pero estaba demasiado asustada para decirle tal cosa a aquel caballero.
—Veo que has separado las blancas —dijo, señalando los nabos y las cebollas—. Y el naranja y el morado tampoco van juntos. ¿Por qué? —cogió un trocito de col roja y una rodaja de zanahoria y los agitó entre sus manos, como si fueran dados.
Yo miré a mi madre, que movió la cabeza en un leve gesto de asentimiento.
—Los colores se pelean cuando los pones juntos, señor.
Arqueó las cejas, como si no hubiera esperado esa respuesta.
—¿Y pasas mucho tiempo disponiendo las verduras antes de hacer la sopa?
—Oh, no, señor —contesté confusa. No quería que pensara que era una remolona.Por el rabillo del ojo percibí algo que se movía. Mi hermana, Agnes, estaba espiando junto a la puerta y había meneado la cabeza al oír mi respuesta. Yo no solía mentir. Bajé la vista.

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Comentario personal: Antes que nada, despejar algunas dudas sobre el nombre del autor de esta maravillosa pintura. Puede inducir a error el hecho de que pueda escribirse de tantas formas . Para eso os dejo un enlace y así no tecleo tanto.
Este es uno de los pocos casos en que una película complementa de manera perfecta, en mi opinión, una buena novela. Lo hace a través de una recreación perfecta de la época y sus personajes. O puede que ya no me sea posible separarlas porque lectura y película se sucedieron en pocos días. Tracy Chevalier escribió el guión para el film y así se conservó la peculiar atmósfera del libro, uno de los que más he disfrutado en los dos últimos años.
La autora: Nació en Washington, en 1966. Es autora de otros libros de éxito, aunque yo no he leído nada más que éste (no me fiaba de los títulos). "La Virgen Azul "y "La dama y el Unicornio" las he visto en escaparates. No sé si habrá otras. Chevalier, hizo un máster de escritura creativa en Inglaterra cuando se propuso escribir en serio. Se casó allí y creo que vive en Londres. Y no sé mucho más, salvo que su padre ha fallecido recientemente; en éste mes, me parece.

18 julio 2007

Hermann Hesse

Alma infantil
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Relato breve. Fragmento.
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A veces actuamos, nos movemos, hacemos esto y aquello, y todo resulta leve, fácil y en cierto modo espontáneo, parece que está en nuestra mano obrar de modo diferente. Y otras veces, a otras horas, todo lleva el signo de la necesidad y cada respiración nuestra está marcada por el destino.
Los actos de nuestra vida que llamamos buenos y de los que nos resulta fácil hablar son casi todos del primer género, "ligeros", y los olvidamos pronto. Otros actos, de los que nos cuesta hablar, no los olvidamos nunca, son como más nuestros que los primeros y su sombra se proyecta ampliamente sobre todos los días de nuestra vida.
En nuestra casa paterna, grande y clara, sita en una calle luminosa, se entraba por un portal alto, e inmediatamente se sentía uno envuelto en frescor, penumbra, ambiente húmedo y pétreo. Nos acogía silencioso el vestíbulo elevado y sombrío, el pavimento de ladrillos rojos que conducía en ligera pendiente hacia la escalera que se hallaba al fondo, en la oscuridad. Miles de veces entré por este portal sin fijar mi atención en él ni en el corredor ni en las baldosas ni en la escalera; pero era siempre el ingreso en otro mundo, en "nuestro mundo". El vestíbulo olía a piedra, era tenebroso y alto; al fondo al escalera llevaba desde la fría oscuridad a la luz y el confort. Lo primero era siempre el vestíbulo y la austera penumbra: aquello tenía algo de padre, de dignidad y poder, algo de castigo y mala conciencia. Miles de veces lo crucé con un temple jovial. Pero en ocasiones me sentía, una vez dentro, oprimido y empequeñecido, tenía miedo y buscaba presuroso la escalera salvadora.
Un día, a mis once años, volvía de la escuela para casa; era uno de sos días en que el destino acecha en todo rincón donde fácilmente puede pasar algo. En tales fechas se diría que todos los desórdenes y conflictos de la propia alma se refeljan en nuestro entorno y llegan a desfigurarlo. La desazón y el miedo oprimen nuesytro corazón, el mundo nos parece mal organizado y chocamos por doquier con resistencias.
Algo de esto me ocurrió aquel día. Desde el amanecer me embargaba -¿quién sabe por qué?, ¿tal vez por sueños nocturnos? - un sentimiento como de culpabilidad, aunque no había hecho nada de particular. Aquella mañana la cara de mi padre ofrecía una expresión doliente y acusadora, la leche del desayuno estaba tibia y sosa. En la escuela no es que tuviera dificultades, pero todo me supo a aburrido muerto y desalentador, y a ello se sumó ese sentimiento de impotencia y desesperación, ya bien conocido por mí, que nos dice que el tiempo es inacabable, que somos eternos, para siempre pequeños y desvalidos, y quedaremos aherrojados a esta escuela estúpida y hedionda, años y años, y que la vida toda es absurda y odiosa.
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Comentario personal: Este breve relato de Hesse, nos cuenta una travesura de esas que, como dice al principio, recordamos toda la vida. Algo que nos mostró que podíamos cometer un acto que nadie espera de nosotros, negar que lo hemos hecho, y que nos hunde cuando, finalmente, la verdad sale a la luz. Pequeñas cosas que "proyectan su sombra" en nuestra existencia posterior. No por su importancia, ni porque no nos perdonaran; es porque nos cuesta perdonar, si alguna vez lo hacemos, a quien nos perdonó.
El autor: H. Hesse recibió el Nobel de Literatura en 1946. Sobradamente conocidas son "El lobo estepario" "Siddhartha", o "Demian", entre otras muchas obras. Su abuelo y su padre, habían sido misioneros en la India, de ahí, tal vez, ese extremado sentido de culpabilidad que muestra en este relato.
Nació en Alemania en 1877 y murió en Suiza en 1962.

14 julio 2007

Arthur C. Clarke

Odisea final. 3010
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Fragmento del Prólogo. Los primogénitos
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Llámenlos los primogénitos. Aunque ni remotamente eran seres humanos, eran de carne y sangre y, cuando miraron hacia afuera, a través de las profundidades del espacio, sintieron pavor reverencial y curiosidad... y soledad. No bien poseyeron el poder, empezaron a buscar camaradería entre las estrellas.
En sus exploraciones se toparon con vida en muchas formas, y observaron la obra de la evolución en mil mundos. Vieron cuan a menudo los primeros chisporroteos tenues de inteligencia brillaban y se extinguían en la noche cósmica.
Y debido a que en toda la Galaxia no habían encontrado algo más precioso que la Mente, fomentaron su alborear por doquier. Se convirtieron en labradores en los campos de las estrellas: sembraban y, en ocasiones, cosechaban.
Y, en ocasiones, sin apasionamiento alguno, tenían que erradicar los cultivos desviados.
Los grandes dinosaurios habían desaparecido hacía ya mucho, su promesa matutina aniquilada por un mazazo al azar proveniente del espacio, cuando la nave de exploración ingresó en el Sistema Solar después de un viaje que ya había durado mil años. Pasó al lado de los congelados planetas exteriores, hizo una breve detención por encima de los desiertos del agonizante Marte, y pronto miró hacia la Tierra.
Extendiéndose por debajo de ellos, los exploradores vieron un mundo en el que pululaba la vida. Durante años estudiaron, recogieron, catalogaron. Cuando hubieron aprendido todo lo que pudieron, empezaron a introducir modificaciones. Manipularon, con irregular habilidad, el destino de muchas especies, tanto en tierra como en los mares. Pero cuál de sus experimentos iba a rendir frutos, no lo podrían saber hasta dentro de un millón de años cuando menos.
Eran pacientes, pero aún no eran inmortales. ¡Había tanto por hacer en ese universo de cien mil millones de soles, y otros mundos estaban llamando! Así que, una vez más, partieron hacia el abismo, conscientes de que nunca más volverían a esos parajes, y tampoco había necesidad de que lo hicieran: los servidores que habían dejado atrás harían el resto.
En la Tierra, los glaciares vinieron y se fueron, mientras que, por sobre ellos, la inmutable Luna todavía conservaba su secreto proveniente de las estrellas. Con ritmo aun menor que el del hielo polar, las mareas de civilización fluían y refluían de un punto al otro de la Galaxia. Extraños y hermosos y terribles imperios se alzaron y desplomaron, transmitiendo su sabiduría a sus sucesores.
Y ahora, allá afuera, entre las estrellas, la evolución se dirigía hacia nuevas metas. Hacía mucho que los primeros exploradores de la Tierra habían llegado hasta los límites que permitían la carne y la sangre.
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Comentario personal: Contra la Ciencia de C. Sagan, la Ficción de Clarke. Personalmente, creo que se complementan bastante bien; que de la Ciencia nace una Ficción, no tan disparatada, donde un hombre modificado en forma y pensamiento es capaz, a su vez, de modificar interminablemente su entorno. ¿No es esa otra Teoría de la Evolución? ¿No es eso lo que la Humanidad lleva miles de años haciendo? Evoluciona, modifica, crea y destruye. Los cuatro libros de esta saga, nos llevan a un futuro nada imposible.
El autor: Si aún vive, que no estoy segura de ello, está a punto de cumplir 90 años. Nació en Inglaterra y estudió matemáticas y física, trabajó con radares espaciales y para la defensa durante la II G. M. y popularizó la órbita gestoestacionaria de satélites de comunicaciones. GEO, es conocida también como "Órbita Clarke" en su honor. Muy lejos de la ciencia ficción de kiosco, escribe desde unos conocimientos científicos cultivados desde la infancia. Es mucho más ameno que Isaac Asimov, otro científico abocado a éste tipo de literatura.

11 julio 2007

Carl Sagan

Miles de Millones
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(fragmento cap. I)
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Hay quienes... creen que el número de [granos] de arena es in­finito...
Otros, aun sin considerarlo infinito,
piensan que todavía no se ha mencionado un número
lo bastante grande [...].
Pero voy a tratar de mostrarte [números que] superen
no sólo el de una masa de arena equivalente a la Tierra [...]
sino el de una masa igual en magnitud al Universo.
Arquímedes ( 287-212 adC). El arenario

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Jamás lo he dicho. De verdad. Bueno, una vez afirmé que quizás haya 100.000 millones de galaxias y 10.000 trillones de estrellas. Resulta difícil hablar sobre el cosmos sin emplear números grandes.
Es cierto que pronuncié muchas veces la frase «miles de millones» en la popularísima serie televisiva Cosmos, pero jamás dije «miles y miles de millones»; por una razón: resul­ta harto impreciso. ¿Cuántos millares de millones son «miles y miles de millones»? ¿Unos pocos? ¿Veinte? ¿Cien? «Miles y miles de millones» es una expresión muy vaga. Cuando adap­té y actualicé la serie me entretuve en comprobarlo, y tengo la certeza de que nunca he dicho tal cosa.
Quien sí lo dijo fue Johnny Carson, en cuyo programa he aparecido cerca de treinta veces en todos estos años. Se disfrazaba con una chaqueta de pana, un jersey de cuello alto y un remedo de fregona a modo de peluca. Había creado una tosca imitación de mi persona, una especie de Doppelgänger* que hablaba de «miles y miles de millones» en la televisión a altas horas de la noche.
La verdad es que me molestaba un poco que una mala re­producción de mí mismo fuese por ahí, diciendo cosas que a la mañana siguiente me atribuirían amigos y compañeros (pese al disfraz, Carson –un competente astrónomo aficio­nado– a menudo hacía que mi imitación hablase en térmi­nos verdaderamente científicos).
Por sorprendente que parezca, lo de «miles y miles de millones» cuajó. A la gente le gustó cómo sonaba. Aun ahora me paran en la calle, cuando viajo en un avión o en una fiesta y me preguntan, no sin cierta timidez, si no me importaría repetir la dichosa frase.
–Pues mire, la verdad es que nunca dije tal cosa –res­pondo.
–No importa –insisten–. Dígalo de todas maneras.
Me han contado que Sherlock Holmes jamás contestó: «Elemental, mi querido Watson» (al menos en las obras de Arthur Conan Doyle), que James Cagney nunca exclamó: «Tú, sucia rata», y que Humphrey Bogart no dijo: «Tócala otra vez, Sam»; pero poco importa, porque estos apócrifos han arraigado firmemente en la cultura popular.
Todavía se pone en mi boca esta expresión tontorrona en las revistas de informática («Como diría Carl Sagan, hacen falta miles y miles de millones de bits»), en la sección de eco­nomía de los periódicos, cuando se habla de lo que ganan los deportistas profesionales y cosas por el estilo.
Durante un tiempo tuve una reticencia pueril a pronunciar o escribir esa expresión por mucho que me lo pidieran, pero ya la he superado, así que, para que conste, ahí va:
«Miles y miles de millones.»
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*En el antiguo folclore germano, el doble fantasmal de alguien. Cuando se encontraban la persona original y su contrafigura, era signo seguro de la muerte inminente de la primera. (N. del T.)

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Comentario personal: Ya sé a quien le va a gustar que traiga a Sagan hasta aquí. ¿O me equivoco, Frac?. El hombre de las estrellas; el que nos mantenía clavados en el sofá viajando con él por las galaxias; el que nos abrió puertas al cielo. Al menos, hizo eso con los que desconocíamos casi todo y apenas podíamos distinguir la Osa Mayor en el cielo nocturno. Os dejo aquí un enlace a Wikipedia, mucho más extenso que lo que yo pudiera, o supiera, deciros de su vida y obra.
Si alguna vez se encuentra vida inteligente en el Cosmos, será por obra y gracia de este hombre estelar.

09 julio 2007

Helene Hanff

84, Charing Cross Road
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(Las dos primeras cartas)
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14 East 95th St.
New York City
5 octubre 1949

Marks & Co.
84, Charing Cross Road
Londres, W.C. 2
Inglaterra
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Señores:
Su anuncio publicado en la Saturday Review of Literatu­re dice que están ustedes especializados en libros agotados. La expresión «libreros anticuarios» me asusta un poco. Porque asocio «antiguo» a «caro». Digamos que soy una escrito­ra pobre amante de los libros antiguos y que los que deseo son imposibles de encontrar aquí salvo en ediciones raras y carísimas, o bien en ejemplares de segunda mano en Barnes & Noble que, además de mugrientos, suelen estar llenos de anotaciones escolares.
Les adjunto una lista de mis necesidades más apremiantes. Si disponen ustedes de ejemplares limpios de segunda mano de algunos de los libros de esa lista, y a un precio que no rebase los 5 dólares por unidad, ¿tendrán la amabilidad de considerar la presente como un pedido en firme y enviár­melos?
Dándoles de antemano las gracias, les saluda
Helene Hanff
(Srta.) Helene Hanff

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MARKS & CO.,Libreros84, Charing Cross RoadLondres, W.C. 2
25 octubre 1949
Srta. Helene Hanff
14 East 95th Street
New York 28, New York.
U.S.A.
...

Distinguida señora:
En respuesta a su carta del 5 de octubre, me complace decirle que hemos conseguido satisfacer las dos terceras partes del problema. Los tres ensayos de Hazlitt que usted quiere se incluyen en la edición de Nonesuch Press de sus Ensayos escogidos, y el de Stevenson se encuentra en Virgi­nibus Puerisque. Le enviamos por paquete postal sendos ejemplares de ambos en excelente estado, confiando en que le llegarán perfectamente en su momento y la complacerán. Encontrará incluida nuestra factura en el envío.
Más difícil va a ser encontrar los ensayos de Leigh Hunt, pero trataremos de hallar algún volumen atractivo que los in­cluya todos. No tenemos la Biblia latina que usted nos describe, pero sí un Nuevo Testamento en latín y un Nuevo Testamento en griego: se trata de dos ediciones modernas co­rrientes, encuadernadas en tela. ¿Podrían ser de su gusto?
Queda a su disposición,
FPD
p/o MARKS & CO.
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Comentario personal: En otras ocasiones hemos hablado ya de éste emocionante libro y de la magnífica película que de él se hizo. Para aquellos de nosotros (en este blog, todos) que amamos la literatura con pasión, ver reflejado ese mismo sentimiento en una historia así, es un regalo al que no se le puede poner precio.
Nos sentimos plenamente identificados con los protagonistas, envidiamos sus conocimientos, sentimos ese tacto de los libros en las manos y, con un suspiro de satisfacción, nos sentamos a leerlos, no sin antes acariciarlos largamente, sonriendo de felicidad.
La autora: Helen Haff nació en 1916 en Filadelfia y murió en 1997; ignoro dónde. Este libro es la única obra memorable que escribió, aunque justifica toda una carrera literaria. En 1949 leyó, en el New York Times, un anuncio de la librería Marks&CO, especializada en libros antiguos en Londres. Empezó una correspondencia, que se prolongó muchos años en el tiempo. Cuando en 1969 Helen recibió una carta de la librería informándole de la muerte de Frank, su corresponsal directo, la escritora decidió abrir la caja donde guardaba su correspondencia y reproducirla en un libro que en los años 60 se convirtió en un gran éxito editorial. No estoy segura de si la escribió, en principio, como una obra de teatro. Me parece posible, ya que esa era su otra gran pasión. La película se estrenó en España con el título "La carta final"

05 julio 2007

Lewis Carroll

Alicia en el País de las Maravillas
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Una Merienda de Locos
Capítulo 7. Fragmento
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La Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té frente a la casa, en una mesa dispuesta bajo un árbol: sin cuidado alguno apoyaban sus codos sobre un lirón que dormía profundamente entre ellos y hablaban sin más por encima de su cabeza.
"¡Qué incómodo estará ese lirón!", pensó Alicia. "Aunque quizás, como está dormido, no le importa demasiado"
La mesa era bien grande, y, sin embargo, los tres se habían agrupado muy juntos en torno a una esquina. "¡No hay sitio, no hay sitio!", se pusieron a vociferar apenas vieron que Alicia se les acercaba. "¡Hay sitio de sobra!", replicó Alicia sentándose en una amplia butacona que estaba arrimada a un lado de la mesa.
"¿Te apetece un poco de vino?", insinuó meliflua la Liebre de Marzo. Alicia miró por toda la mesa sin ver más que té, por lo que observó: "No veo ese vino por ninguna parte".
"No lo hay", replicó en seguida la Liebre de Marzo.
"Entonces, no ha sido nada amable el ofrecérmelo", dijo Alicia enojada.
"Tampoco lo ha sido sentarse a esta mesa sin haber sido invitada", repuso la Liebre.
A todo esto, el Sombrerero que había estado observando a Alicia con gran curiosidad, le dijo: "¡Lo que tú necesitas es un buen corte de pelo!" Era lo primero que se le había ocurrido decir en un buen rato.
"¡Debería usted acostumbrarse a no hacer comentarios personales!", contestó Alicia. "¡Es de muy mala educación!"
Al oír esto, el Sombrerero abrió desmesuradamente los ojos, pero todo lo que dijo fue: "¿En que se parece un cuervo a una mesa de escribir?".
"¡Vaya! Parece que nos vamos a divertir un poco", pensó Alicia. "Me alegro de que les guste jugar a las adivinanzas...", y añadió en voz alta: "Creo que sí sé la solución".
"¿Cómo? ¿Quieres decir que piensas decirnos la solución?", preguntó sorprendida la Liebre de Marzo.
"Precisamente", contestó Alicia.
"Entonces", continuó la Liebre, "debieras decir lo que piensas".
"¡Pero si es lo que estoy haciendo!", se apresuró a replicar Alicia. "Al menos..., pienso lo que digo..., que después de todo viene a ser la misma cosa, ¿no?".
"¿La misma cosa? ¡De ninguna manera!", negó enfáticamente el Sombrerero. "Si fuera así, también daría igual decir 'veo cuanto como' que 'como cuanto veo' ".
"¡Que barbaridad!", coreó la Liebre de Marzo. "Sería como decir que da lo mismo afirmar que 'me gusta cuanto tengo' que 'tengo cuanto me gusta' ".
"Valdría tanto como querer afirmar", añadió el Lirón que parecía hablar en sueños, "que da lo mismo decir 'respiro cuando duermo' que 'duermo cuando respiro' ".
"¡Eso sí que te da igual a ti!", exclamó el Sombrerero; y con eso cesó la conversación.
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Comentario personal: Libro imprescindible para todas las edades. Lo mismo que "A través del espejo", "La caza del Snark" o "Matemática demente" del mismo autor. "Alicia..." es uno de esos libros que, a medida que aprendes, van mostrándote nuevas maneras de entenderlos; de profundizar en el conocimiento del lenguaje y de cómo puedes decir sin decir, mostrar para esconder, o todo lo contrario. Cómo todos lo habréis leído, no creo necesario extenderme más, si no es para repetir que es uno de mis libros favoritos.
El autor: Lewis Carroll, es el seudónimo que eligió Charles Lutwidge Dodgson, para firmar sus libros infantiles. Nació en 1.832 y murió en 1.898, en Inglaterra. Profesor en Oxford durante 40 años, su especialidad fue la Lógica Matemática, sobre la que escribió diversos tratados. Y esa lógica, le sirve muy bien para los juegos de palabras que incluye en todas sus obras de ficción.
"Alicia en el País de las Maravillas", se publicó en 1.865, con ilustraciones de John Tenniel.

26 junio 2007

Miguel Delibes

Diario de un emigrante
*
Fragmento del capítulo I
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24 enero, lunes
Hay panolis que se piensan que esto de escribir para uno es como el hablar a solas, cosa de chalados. Eso son ganas de enredar las cosas, porque uno no siempre dice lo que quiere y hay pensamientos que andan por dentro de uno y uno, por vueltas que le dé, no acierta a expresarlos, o a lo mejor, no le da la real gana de hacerlo. Uno es de una manera y, como uno es, no lo sabe ni su madre y, sin necesidad de ir a lo zorro, uno nunca se confía del todo a los demás y si quiere recordarse de algo, no hay como comerlo a palo seco, sin el recelo de que otro venga a cachondearse de lo que dice. Esta es la fetén y el que diga lo contrario miente.
Cuando murió la madre, sin ir más lejos, si yo me pongo a parlar no hubiera dicho más que boberías y, sin embargo, las ideas que me rondaban dentro no podían ser más serias y respetables. Y equilicual cuando la boda y los amiguetes me salían con que "todavía estaba a tiempo" y yo respondía que me iba a suicidar, como Melecio y como don Basilio y como el cagueta de Serafín, mi cuñado, y como cada quisque, porque desde que el mundo es mundo, todos tropezamos en la misma piedra y todos somos unos gilís. Pero dentro andaba la procesión y yo me sabía que no era un gilí por eso y que lo mío con la Anita no era un suicidio. Y yo digo que esto de escribir para uno es tal y como mirarse al espejo, con la diferencia de que uno no se ve aquí el semblante, sino los entresijos. Uno, al fin y al cabo, no es un zoquete y algo se pega de andar todo el día de Dios entre gente de libros.
Yo sé que ahora la vida mía va a pegar un quiebro y una cosa así no ocurre todos los días y si no me lo repito por escrito y hasta dos docenas de veces parece como que todo eso de largarme a América y despedirme de todas las cosas no fuese más que una coña. Llevo unos días como aliquebrado, dándole vueltas al asunto y ni la caza me lo quita del pensamiento.
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Comentario personal: No puedo comprender cómo este genio literario no tiene ya el Nobel. Este año, vuelve a estar propuesto para recibirlo, si no me equivoco, junto a Sábato y algún otro en lengua española, que lamento no recordar. Tengo tres o cuatro obras de Cela, pero todas, todas, las de Delibes que, a diferencia del anterior, nunca me ha decepcionado como escritor.
Incluso le perdoné, ya hace años, que fuera tan cazador :)
No os diré nada del autor, porque no necesita ni media palabra para reconocerle y apreciarle. Y que el Nobel se materialice en sus manos de una buena vez, que no son méritos los que le faltan.

22 junio 2007

Rubén Darío

El Canto Errante
*
Parte final del prólogo que escribió para éste libro
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Jamás he manifestado el culto exclusivo de la palabra por la palabra. «Las palabras -escribe el señor Ortega y Gasset, cuyos pensares me halagan-, las palabras son logaritmos de las cosas, imágenes, ideas y sentimientos, y por tanto, sólo pueden emplearse como signos de valores, nunca como valores». De acuerdo. Mas la palabra nace juntamente con la idea, o coexiste con la idea, pues no podemos darnos cuenta de la una sin la otra. Tal mi sentir, a menos que alguien me contradiga después de haber presenciado el parto del cerebro, observando con el microscopio las neuronas de nuestro gran Cajal.
En el principio está la palabra como única representación. No simplemente como signo, puesto, que no hay antes nada que representar. En el principio está la palabra como manifestación de la unidad infinita, pero ya conteniéndola. Et verbum erat Deum.
La palabra no es en sí más que un signo, o una combinación de signos; mas lo contiene todo por la virtud demiúrgica. Los que la usan mal serán los culpables si no saben manejar esos peligrosos y delicados medios. Y el arte de la ordenación de las palabras no deberá estar sujeto a imposición de yugos, puesto que acaba de nacer la verdad que dice: el arte no es un conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos.
Yo no soy iconoclasta. ¿Para qué? Hace siempre falta a la creación el tiempo perdido en destruir. Malhaya la filosofía que viene de Alemania, que viene de Inglaterra o que viene de Francia, si ella viene a quitar, y no a dar. Sepamos que muchas de esas cosas flamantes importadas, yacen, entre polillas, en ancianos infolios españoles. Y las que no, son pruebas por corregir para la edición de mañana, en espera de una sucesión de correcciones. Se está ahora, editorialmente -en Palma de Mallorca-, desenterrando de sus cenizas a un Lulio. ¿Creéis que este fénix resucitado contenga menos que lo que puede dar a la percepción filosófica de hoy cualquiera de los reporters usuales en las cátedras periodísticas y más o menos sorbónicas del día?
Construir, hacer, ¡oh, juventud! Juntos para el templo; solos para el culto. Juntos para edificar; solos para orar. Y la constancia no será la menor virtud, que en ella va la invencible voluntad de crear. Mas si alguien dijera: «Son cosas de ideólogos», o «son cosas de poetas», decir que no somos otra cosa. Es expresar: además del cerdo y del cisne, que nos han adjudicado ciertos filósofos, tenemos el ángel.
¡Tener ángel, Dios mío! Pido exégetas andaluces.
Resumo: La poesía existirá mientras exista el problema de la vida y de la muerte. El don de arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en lo ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación. Hay una música ideal como hay una música verbal. No hay escuelas; hay poetas. El verdadero artista comprende todas las maneras y halla la belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y toda la eternidad están en nuestra conciencia.
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Comentario personal. Mi abuela me enseñó la "Sonatina" de R. Darío y "La Pubilleta" de F. Soler (Pitarra) al mismo tiempo. Y un poco más tarde, siguió con la "Marcha Triunfal" del mismo Darío y con "La Barretina" de Mn. Jacinto Verdaguer. Era una secuencia lógica. Primero los cuentos de hadas y luego el impulso épico. O algo así. Mi otra abuela, por esas mismas fechas más o menos, me enseñaba los "Airiños, airiños, aires" de R. de Castro y a cantar "La Revoltosa" de R. Chapí. Todo ello en su idioma original. Después de un tiempo, aquellos poetas y canciones de mi niñez, que me sabía de memoria, se me quedaron cortos, porque a los 16 o 17 años, uno ya cree que no puede entretenerse con "cosas de críos". Tiene que pasar mucho más tiempo para mirarlos con otros ojos y ver qué más que aquello que ya sabemos, tienen que ofrecer. Y me he llevado alguna que otra agradable sorpresa. Hoy no os dejo ningún verso de Darío, pero creo que esta aproximación a su pensamiento os gustará.
El autor: Nació y murió en Nicaragua (1867-1916) Niño prodigio, hijo de matrimonio roto, fue su abuela quien se encargó de su educación y quien lo presentó como poeta a los 14 años. Muy inteligente, fue periodista, cónsul y embajador de su país, y se ganó muchas simpatías e influencias con los poemas, muy elogiosos, que dedicó a naciones y personalidades diversas. Esos no son sus mejores versos, pero hay "otro Rubén" más hondo y más desconocido. Queda para otro día.

18 junio 2007

Ryuichi Murakami

Azul casi transparente
*
Páginas 53 y 54
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Ni siquiera cuando le quité con cuidado la tirita del culo, Moko abrió los ojos.
Reiko estaba envuelta en una sábana en el suelo de la cocina, Kei y Yoshiyama ocupaban la cama, Kazuo yacía junto al tocadiscos, siempre con su Nikomat en la mano, Moko estaba tumbada boca abajo en la alfombra, abrazada a un almohadón. Había una ligera mancha de sangre en la tirita, el ano se abría y cerraba al respirar, me recordaba a un tubo de goma.
El sudor que le corría por la espalda olía a flujo y a esperma.
Cuando Moko abrió los ojos, aún con algunas pestañas falsas, me sonrió. Luego gimió cuando le puse la mano entre las nalgas y se dio media vuelta.
-Tienes suerte de que llueva, la lluvia cura, apuesto a que gracias a la lluvia no te duele mucho.
El sexo de Moko estaba pegajoso. Se lo limpié con un kleenex, y cuando le metí un dedo, sus nalgas desnudas temblaron.
Kei abrió los ojos y preguntó:
-¿Eh, así que te quedaste a pasar la noche con esa putorra?
-Cállate, estúpida, no es ninguna puta - dije, espantando una nube de pequeños insectos que volaban alrededor.
-A mí no me importa, Ryu, pero tienes que andarte con cuidado a la hora de conseguirte un chute. Jackson dice que algunos de los tíos de la zona andan muy mal, te pueden hacer pedazos.
Kei se puso las bragas y fue a preparar café. Moko extendió una mano y dijo:
-Hey, dame un pitillo, uno de esos Sah-lem mentolados.
-Se dice Say-lem, no Sah-lem - dijo Kazuo, levántandose.
Frotándose los ojos, Yoshiyama dijo en voz alta a Kei:
-El mío sin leche ¿vale?
Luego se volvió hacia mí, que tenía el dedo todavía metido en el coño de Moko y dijo:
-Anoche, mientras vosotros estábais danzando en la fiesta en el piso de arriba, a mí allá abajo, me dio un fuerte escalofrío de angustia, sabes, directo en el corazón... Eh, Kazuo, tu lo viste ¿verdad?
Sin contestarle, Kazuo dijo soñoliento:
-No encuentro mi flash. ¿Alguien lo ha escondido o qué?
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Comentario personal: Esta escena transcurre después de otra, que no me atrevo a transcribir. Esta novela ha sido comparada, por su violencia sexual, con la "Naranja mecánica" pero es mucho más explícita y mucho más trágica. Los jóvenes protagonistas, drogadictos, desorientados después de la invasión de Japón, han perdido todas sus referencias y su refugio es la droga y la prostitución. Dos cosas que les facilitan los soldados americanos de una base cercana. Es una buena novela, pero al igual que a alguno de sus protagonistas "se te revuelven las tripas" cuando la lees. Y sin necesidad de droga alguna.

17 junio 2007

Haruki Murakami

Al sur de la frontera, al oeste del Sol
*
Parte I
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Nací el 4 de enero de 1951. Es decir: la primera semana del primer mes del primer año de la segunda mitad del siglo XX. Algo, si se quiere, digno de ser conmemorado. Ésta fue la razón por la que decidieron llamarme Hajime («Principio»). Pero, aparte de eso, nada de memorable hubo en mi nacimiento. Mi padre trabajaba en una importante compañía de valores, mi madre era un ama de casa corriente. Durante la guerra, a mi padre lo reclutaron en una leva de estudiantes y lo enviaron a Singapur, donde, tras la rendición, permaneció un tiempo internado en un campo de prisioneros. La casa de mi madre fue bombardeada por los B-29 y ardió hasta los cimientos el último año de la guerra. Ambos pertenecen a una generación marcada por aquella larga contienda.
Sin embargo, en la época en que yo nací, apenas quedaban ya huellas de la guerra. En los alrededores de casa no había ruinas calcinadas, tampoco se veía rastro de las fuerzas de ocupación. Vivíamos en un barrio pequeño y apacible, en una casa que la empresa de mi padre nos había cedido. Era una casa construida antes de la guerra, un poco vieja, tal vez, pero amplia. En el jardín crecían grandes pinos, incluso había un pequeño estanque y una linterna votiva de piedra.
Nuestro barrio era el prototipo perfecto de zona residencial de clase media de las afueras de una gran ciudad. Los compañeros de clase con los que trabé amistad vivían todos en casas relativamente bonitas y pulcras. Dejando de lado las diferencias de tamaño, todas tenían recibidor y jardín, y en el jardín crecían árboles. La mayoría de los padres de mis amigos trabajaba en alguna empresa o ejercía profesiones técnicas. Eran contados los hogares donde la madre trabajara. En casi todas las casas había un perro o un gato. Y en cuanto a personas que vivieran en apartamentos o pisos, yo, en aquella época, no conocía a ninguna. Más adelante me mudaría a un barrio cercano, pero que tenía unas características similares. Así que, hasta que ingresé en la universidad y me fui a Tokio, estuve convencido de que las personas corrientes se anudaban, todas, la corbata; trabajaban, todas, en empresas; vivían, todas, en una casa con jardín; y tenían, todas, un perro o un gato. Respecto a otros tipos de vida, no lograba hacerme, en el mejor de los casos, una imagen real.
La mayoría de las familias tenía dos o tres niños. Ése era el promedio de hijos en el mundo donde crecí. Cuando evoco el rostro de los amigos que tuve en la infancia y la adolescencia, todos sin excepción, como timbrados por un mismo sello, formaban parte de familias de dos o tres hijos. Si no eran dos hermanos, eran tres; si no eran tres, eran dos. Se veían pocos hogares con seis o siete hijos, pero menos aún con uno solo.
Yo no tenía hermanos. Era hijo único. Y por eso sentí durante toda mi niñez algo parecido al complejo de inferioridad. Yo era un ser aparte en aquel mundo, carecía de algo que los demás poseían de la forma más natural.
Durante toda mi infancia odié la expresión «hijo único». Cada vez que la oía, era consciente de que me faltaba algo. Estas palabras parecían un dedo acusador que me apuntaba, señalándome: «Tú eres un ser imperfecto».

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Comentario personal: La confusión entre dos escritores japoneses, apellidados Murakami, fue motivo de una conversación entre mi amiga Frac y yo. Me equivoqué de Murakami :) Hoy os dejo un fragmento del Murakami al que ella se refería y os dejaré otro de aquel al que me refería yo, para que se aprecie claramente la diferencia entre ellos y, llegado el caso, no haya equivocaciones con el autor. La diferencia entre ambos es abismal. Y no discuto la calidad de ninguno de los dos.

14 junio 2007

Los llamamos Maestros

Disculpad si me plagio. Canibalismo literario se llama esta figura :)

Al tema de la entrada. Os dejo unas cuantas frases, ideas, reflexiones o consejos que, acerca de la escritura, nos han regalado algunos Maestros.
Siempre digo que hay que aprovechar las lecciones gratuitas mucho más que aquellas que pagamos porque están libres de toda sospecha. Y estos Maestros son generosos.
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Julio Cortázar
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Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les bastará con escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su vez a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo y da por supuesto que los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa, ingenua, aprende que en literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obligue a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que le rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa.
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El cuento es como la fotografía; la novela, como el cine.
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Antonio Muñoz Molina
*
Lo que quiero decir es que en el proceso creativo hay dos partes, hay una parte que es de pura disciplina, de trabajo. Una novela requiere muchas horas, meses, transpiración. Pero muchas veces sentimos que esa disciplina no lleva a ninguna parte. Y de pronto, en todos esos materiales que habían rondado por allí hay un dato mínimo que hace que todo cambie.
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Eça de Queiroz
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Nada más difícil que ser claro y breve. Se necesita ser un genio.
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Jean Cocteau
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El buen escritor es el que dice las cosas complicadas de un modo sencillo. El mal escritor es el que dice con complicación las cosas triviales.
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Baquero Goyanes
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El cuento, por su brevedad, es un género en el que caben menos acrobacias que las dables en otras modalidades literarias, por ejemplo, la novela. Así como en un soneto -y según Azorín, éste es a la poesía lo que el cuento a la prosa- no cabe prácticamente alteración en su estructura, cualquiera que sea el lenguaje empleado, las metáforas, el contenido del mismo; en el cuento ocurre algo parecido, y no porque en él se dé la supeditación a un esquema rígido e intocable, a una extensión fija (hay cuentos de una o dos páginas, pero también de treinta o más). La semejanza es sólo parcial, pero aún así puede resultar aclaradora de lo que quiero decir. Un cuento, por razón de los límites que le impone su tema, no permite ensayar las mismas novedades que son posibles en una novela.
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Horacio Quiroga
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Los cuentos pueden diferenciarse unos de otros como el sol de la luna. Pero el concepto, el coraje para contar, la intensidad, la brevedad, son los mismos en todos los cuentistas, de todas las edades. Todos ellos poseen en grado máximo la característica de entrar vivamente en materia. Nada más posible que aplicarle estas palabras: "al grano, al grano..." con que se hostiga al mal contador verbal. El cuentista que "no dice algo" que nos hace perder el tiempo, que lo pierde él mismo en divagaciones superfluas, puede volverse a uno y otro lado buscando su vocación. Ese hombre no ha nacido cuentista.
Pero ¿y si esas divagaciones, digresiones y ornatos sutiles, poseen en sí mismos elementos de gran belleza? ¿Y si ellos solos, mucho más que el cuento sofocado, realizan una excelsa obra de arte? Enhorabuena, responde la retórica. Pero no constituyen un cuento.
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William Shakespeare
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La brevedad es el alma del ingenio.

09 junio 2007

Juan Rulfo

No oyes ladrar a los perros
*
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Cuento completo
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-Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
-No se ve nada.
-Ya debemos estar cerca.
-Sí, pero no se oye nada.
-Mira bien.
-No se ve nada.
-Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
-Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
-Sí, pero no veo rastro de nada.
-Me estoy cansando.
-Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.
-¿Cómo te sientes?
-Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
-¿Te duele mucho?
-Algo -contestaba él.
Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
-No veo ya por dónde voy —decía él. Pero nadie le contestaba. El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
-¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien. Y el otro se quedaba callado. Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
-Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
-Bájame, padre.
-¿Te sientes mal?
-Sí
-Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean. Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
-Te llevaré a Tonaya.
-Bájame. Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
-Quiero acostarme un rato.
-Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado. La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
-Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas. Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
-Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”
-Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
-No veo nada.
-Peor para ti, Ignacio.
-Tengo sed.
-¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
-Dame agua.
-Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
-Tengo mucha sed y mucho sueño.
-Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas. Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara. Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
-¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado. Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
-¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

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Comentario personal. El cuento pertenece a su libro "El Llano en llamas", publicado en 1953. Con éste libro de relatos me inicié en la lectura de Rulfo. Luego vino "Pedro Páramo" y todo lo que de él pude encontrar. Este cuento, en concreto, me emocionó y me sigue emocionando a pesar de haberlo leído muchas veces. Por eso no he podido limitarme a un fragmento :)
El autor. No necesita presentación alguna. No creo que haya ningún buen lector que no se haya topado con Rulfo y que no aprecie su trabajo. Saludado por Borges, Mutis y García Márquez, entre otros, como el mejor escritor de su generación, fue también un excelente fotógrafo.

05 junio 2007

William Shakespeare

Sonetos de Amor
*
Versión de Manuel Mujica Láinez
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Soneto LXXI
*
Cuando haya muerto, llórame tan sólo
mientras escuches la campana triste,
anunciadora al mundo de mi fuga
del mundo vil hacia el gusano infame.
.
Y no evoques, si lees esta rima,
la mano que la escribe, pues te quiero
tanto que hasta tu olvido prefiriera
a saber que te amarga mi memoria.
.
Pero si acaso miras estos versos
cuando del barro nada me separe,
ni siquiera mi pobre nombre digas
.
y que tu amor conmigo se marchite,
para que el sabio en tu llorar no indague
y se burle de ti por el ausente.

Fulgor y muerte de Joaquin Murieta

Bueno, a ver si lo he hecho bien.
El título del post, es el camino que os llevará a mi página de Amigos Invisibles, donde he puesto los enlaces a las diferentes piezas que componen esta Cantata.
Podéis, o bien sólo escucharlas, o bien, haciendo clic sobre el enlace con el botón derecho, elegir Guardar destino como..., en el menú que se desplegará y bajarla a vuestro ordenador.
El texto, que no está del todo completo en el libreto adjunto, también intentaré subirlo al servidor en formato .txt, para que lo tengáis tan completo como sea posible.
¡Que lo disfrutéis...!
¡Ah..! No puedo dejarlo muchos días, porque ocupa un montón de espacio en el servidor, pero intentaré no borrarlo hasta fin de mes.

31 mayo 2007

Pablo Neruda

Fulgor y muerte de Joaquin Murieta

*
Cantata. 1ª parte
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Pablo Neruda escribió lo que en principio fue una obra de teatro, estrenada en la década de los 60 y basada en la historia de Joaquín Murieta, bandido chileno, héroe popular y que algunos creen nacido en México y otros, que es una leyenda.
No tiene nada de legendario. Murieta existió y parece muy probable que naciera en Quillota, Chile. Neruda lo toma como pretexto para exponer el problema de una América latina sojuzgada, de muchas maneras, por los Estados Unidos.
A caballo entre la política y la historia, esta obra teatral fue convertida en Cantata siguiendo el rastro de la famosa "Cantata de Santa María de Iquique" que llevó por todo el mundo "Quilapayún", y que alertó las conciencias de muchos sobre lo que estaba pasando en Sudamérica.

Los autores de ésta obra me son especialmente queridos; Olga Manzano y Manuel Picón, éste último ya fallecido, con la inestimable ayuda y voces del trío Alpataco, formado por David Kullock, Ricardo Steinberg y Lidia Tolaba. Y un solista, Víctor Velázquez, cuya voz conmueve hasta lo más hondo.
Es una larga primera parte de más de 8 minutos de duración. Tardará un poco en cargarse, pero vais a escuchar los versos de Neruda y eso es un buen aliciente. Por no hablar de la música, más que interesante; buenísima.

Y empieza la historia:


Esta es la larga historia de un hombre encendido; natural, valeroso; su memoria es un hacha de guerra. Es tiempo de abrir el reposo, el sepulcro del claro bandido, y romper el olvido oxidado que ahora lo entierra.

La sangre caída
le puso en las manos un rayo violento,
tal vez aquel hombre
no halló su camino, perdido en el viento.
Honorable bandido
Joaquin Murieta,
venganza de hierro
de llama y piedra...

Aquí, entre perales y tejas y lluvia, brillaban las uvas chilenas y, como una copa de plata que llena la noche sombría de pálido vino, la luna de Chile crecía entre boldos, maitenes, albahaca y rocío.
Entonces nacía a la luz del planeta un infante moreno y en la sombra serena ese rayo que nace se llama Murieta. Es un niño chileno color de aceituna y sus ojos ignoran el llanto.
Creciendo a la sombra de sauces flexibles nadaba en los ríos, ardía en el brío, educaba los brazos, el alma, los ojos, y se oían cantar las espuelas cuando desde el fondo del otoño rojo bajaba al galope en su yegua de estaño.

Venía de la cordillera de piedras hirsutas
de cerros huraños,
de viento inhumano.
Traía en las manos
el golpe aledaño del río que hostiga
y divide la nieve.
Y lo traspasaba ese libre albedrío,
la virtud salvaje
que toca la frente
y sella con ira, limpieza y orgullo
las graves cabezas de los indomables.
¿Qué guarda el destino
en actas de fuego,
de fuego y pureza?
Así el elegido no sabe que debe
morir en la empresa,
matar y morir,
morir en la empresa
matar y morir
morir en la empresa,
matar y morir
morir en la empresa.
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La segunda parte, comienza así:
Mi patria le dio las medallas del campo bravío, de la pampa ardiente, parece que hubiera forjado con frío y con brasa, para una batalla, su cuerpo de arado. Y es un desafío su voz y sus manos son dos amenazas.
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Aquí, un enlace interesante sobre Murieta:

29 mayo 2007

Horacio Quiroga

Decálogo del perfecto cuentista
*

I.- Cree en el maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov - como en Dios mismo.

II.- Cree que tu arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tu mismo.

III.- Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que cualquier otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV.- Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con lo que lo desees. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V.- No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adonde vas. En un cuento bien logrado las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres ultimas.

VI.- Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "desde el río soplaba un viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de las palabras no te preocupes de observar si son consonantes o asonantes.

VII.- No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él, solo, tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII.- Toma los personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta aunque no lo sea.

IX.- No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal como fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
.
X.- No pienses en los amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si el relato no tuviera interés mas que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.
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¡Perdón, perdón...! Si, sí, Frac: Los decálogos son como los mandamientos; vienen de a diez. :DDD
Y es verdad que el último es importante, porque frena, o desboca mucho el pensar lo que vamos a descubrir o a ocultar por sí éste o aquel, llegan a leer lo que escribimos. A mi me coarta algunas veces :(
Bueno, ahora ya están completitos. Gracias, reina de las mates :)

27 mayo 2007

Anthony Burgess

La naranja mecánica
78
Capítulo I (fragmento)
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-¿Y ahora qué pasa, eh?
Estábamos yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente es lerdo, sentados en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche, en un invierno oscuro, helado y bastardo aunque seco. El bar lácteo Korova, un mesto donde servían leche-plus, y quizá ustedes, oh hermanos míos, han olvidado cómo eran esos mestos, pues las cosas cambian tan scorro en estos días, y todos olvidan tan rápido, aparte de que tampoco se leen mucho los diarios. Bueno, allí vendían leche con algo más. No tenían permiso para vender alcohol, pero en ese tiempo no había ninguna ley que prohibiese las nuevas vesches que acostumbraban a meter en el viejo moloco, de modo que se podía pitearlo con velocet o synthemesco o drencrom o una o dos vesches más que te daban unos buenos, tranquilos y joroschós quince minutos admirando a Bogo y el Coro Celestial de Ángeles y Santos en el zapato izquierdo, mientras las luces te estallaban en el mosco. O podías pitear leche con cuchillos como decíamos, que te avivaba y preparaba para una piojosa una-menos-veinte, y eso era lo que estábamos piteando la noche que empieza mi historia.
Teníamos los bolsillos llenos de dengo, de modo que no había verdadera necesidad de crastar un poco más, de tolcochar a algún anciano chevoleco en un callejón, y videarlo nadando en sangre mientras contábamos el botín y lo dividíamos por cuatro, ni de hacernos los ultraviolentos con alguna ptitsa tembleque, starria y canosa en una tienda, y salir smecando con las tripas de la caja.
Pero como se dice, el dinero no es todo en la vida.
Los cuatro estábamos vestidos a la última moda, que en esos tiempos era un par de pantalones de malla negra muy ajustada, y el viejo molde de la jalea, como le decíamos entonces, bien apretado a la entrepierna, bajo la nalga, cosa de protegerlo, y además con una especie de dibujo que se le podía videar bastante bien si le daba cierta luz; el mío era una araña, Pete tenía una ruca (es decir, una mano), Georgie una flor muy vistosa y viejo Lerdo una cosa bastante fiera con un litso (quiero decir, una cara) de payaso, porque el Lerdo no tenía mucha idea de las cosas y era sin la más mínima duda el más obtuso de los cuatro. Además llevábamos chaquetas cortas y muy ajustadas a la cintura, sin solapas,con esos hombros muy abultados (les decíamos plechos) que eran una especie de parodia de los verdaderos hombros anchos. Además, hermanos míos, usábamos esas corbatas de un blanco sucio que parecían de puré o cartófilos aplastados, como si les hubieran hecho una especie de dibujo con el tenedor. Llevábamos el pelo no demasiado largo, y calzábamos botas joroschós para patear.
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Comentario personal. No entendí nada de ésta novela cuando la leí por primera vez. Y la culpa no la tenía el argot; eso lo entendí. Lo que no me entraba en la cabeza era la violencia que rezumaba. O mejor explicado; la sinrazón de esa violencia que no tiene final y que ejercen todos contra todos. La película, me deslumbró y, aún medio cegada por el fogonazo de S. Kubrick, volví a leerla. Esta vez todo estaba meridianamente claro.
Enlace. Una mínima explicación de esta obra, si no la conocéis, me llevaría toda una tarde y no llegaría a explicarla como lo hace este enlace de Wikipedia:
Ahí está todo; desde los motivos de Burgess para escribirla, hasta el lenguaje nadsat, que hablan los protagonistas de la novela, también inventado por Burgess y su traducción al español. Aunque ésto último, no me parece necesario.

24 mayo 2007

Julio Cortázar

Vestir una sombra
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Cuento completo
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Lo más difícil es cercarla, conocer su límite allí donde se enlaza con la penumbra al borde de sí misma. Escogerla entre tantas otras, apartarla de la luz que toda sombra respira sigilosa, peligrosamente. Empezar entonces a vestirla como distraído, sin moverse demasiado, sin asustarla o disolverla: operación inicial donde la nada se agazapa en cada gesto. La ropa interior, el transparente corpiño, las medias que dibujan un ascenso sedoso hacia los muslos. Todo lo consentirá en su momentánea ignorancia, como si todavía creyera estar jugando con otra sombra, pero bruscamente se inquietará cuando la falda ciña su cintura y sienta los dedos que abotonan la blusa entre los senos, rozando la garganta que se alza hasta perderse en un oscuro surtidor.
Rechazará el gesto de coronarla con la peluca de flotante pelo rubio (¡ese halo tembloroso rodeando un rostro inexistente!) y habrá que apresurarse a dibujar la boca con la brasa del cigarrillo, deslizar sortijas y pulseras para darle a esas manos con que resistirá inciertamente mientras los labios apenas nacidos murmuran el plañido inmemorial de quien despierta al mundo.
Faltarán los ojos que han de brotar de las lágrimas, la sombra por sí misma completándose para mejor luchar, para negarse. Inútilmente conmovedora cuando el mismo impulso que la vistió, la misma sed de verla asomar perfecta del confuso espacio, la envuelva en su juncal de caricias, comience a desnudarla, a descubrir por primera vez su forma que vanamente busca cobijarse tras manos y súplicas, cediendo lentamente a la caída entre un brillar de anillos que rasgan en el aire sus luciérnagas húmedas.
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Comentario personal. Este brevísimo relato de Cortázar, creo que poco conocido, se encuentra incluído en su libro "El último round" En éste volumen es también donde se recogen los poemas que escribió tomando como referencia las frases escritas por los estudiantes en París en mayo del 68 (el mayo francés)
Es un libro de "recortes" se podría decir, donde hay algunos cuentos al estilo de sus famosas "Instrucciones para..." que son delirantes y deliciosos a un tiempo. Cómo casi siempre resulta ser Cortázar.

21 mayo 2007

Alvaro Mutis

CIUDAD

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Un llanto,
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídas de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.

*

Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.


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Comentario personal. Este poema de Mutis es mi favorito de entre los suyos. No sé si es el mejor, ni me importa. De repente, "eres" esa mujer que llora con un dolor profundo. Con un dolor acumulado a lo largo de toda una vida en que tuvo que tragarse las lágrimas. Y ahora, en esta noche, en éste momento, por fin, puede dejar caer el torrente de su llanto, porque está sola y tiene tiempo para abandonarse. Nadie vendrá a preguntarle; nadie la necesita en este momento. Y ella llora y descansa.

El Autor. Colombiano, nacido en 1923, de vida azarosa pero con una dedicación continuada a la literatura, ha publicado una extensa obra y ha sido traducido a multitud de idiomas. La relación de los premios que ha merecido es larga, así que solo recordaré aquí el Premio Cervantes, que le fue otorgado en 2002.